EL SER QUERIDO - Reseña
Hay directores que necesitan una persecución, un disparo o una explosión para generar tensión. A Rodrigo Sorogoyen le bastan dos personas sentadas frente a frente en la mesa de un restaurante.
Los primeros veinte minutos de El ser querido son una auténtica clase magistral de cine (de hecho, como toda la película). Un padre y una hija se reencuentran después de trece años sin verse. Hablan. Se observan. Miden las palabras. Hay silencios, gestos, miradas que duran unas décimas de segundo más de lo esperado y frases aparentemente inocentes que esconden demasiado pasado. Y Sorogoyen consigue algo extraordinario: que una conversación tenga la tensión de una secuencia de acción o de aventuras.
Hay cineastas que necesitan más media hora para introducirte en su película y otros que, prácticamente desde el minuto dos, ya te tienen atrapado. Sorogoyen pertenece a los segundos.
Todo lo que no sabemos decir
Esteban Martínez (Javier Bardem) es un prestigioso director de cine que regresa a España después de muchos años viviendo fuera. Emilia (Victoria Luengo), su hija, es actriz, aunque su carrera nunca ha terminado de despegar y trabaja como camarera mientras espera esa oportunidad que quizá nunca llegue. Esteban le ofrece protagonizar su nueva película, que se rodará en el desierto. Y ese rodaje acaba convirtiéndose en el territorio en el que ambos deberán enfrentarse a algo bastante más complicado que hacer una película: todo aquello que nunca supieron decirse.
Porque El ser querido habla fundamentalmente de personas, y ahí Sorogoyen vuelve a demostrar que pocos directores saben observar las relaciones humanas como él. Hay algo que recorre buena parte de su filmografía: personajes con una extraordinaria capacidad para entrar en conflicto y una enorme dificultad para salir de él. Lo vimos desde perspectivas diferentes en Que Dios nos perdone, El reino, Madre o As bestas, y también en la intimidad emocional de Los años nuevos. Personas que saben atacar, defenderse, discutir o herir, pero no siempre escuchar, perdonar o pedir perdón.
En El ser querido, Sorogoyen lleva esa obsesión hasta uno de los territorios más delicados posibles: la relación entre un padre y una hija.
Por eso resulta tan extraordinaria esa secuencia inicial. Bardem y Luengo llegaron a ella sin haber ensayado juntos. Sorogoyen había evitado deliberadamente que ambos actores mantuvieran contacto durante meses y cada uno desconocía las réplicas del otro. Lo que terminó siendo unos veinte minutos en pantalla surgió de aproximadamente hora y media de interpretación. Y se nota. No porque parezca improvisado, sino porque parece vivo.
Sorogoyen acerca la cámara hasta convertir cada gesto en información. Un movimiento de ojos, una pausa, una respiración o una sonrisa incómoda pueden decir mucho más que una página de diálogo.
Bardem y Luengo: dos maneras de ocupar la pantalla
Javier Bardem está inmenso. Su Esteban posee el magnetismo, el ego y la autoridad de quien lleva demasiados años acostumbrado a que todo un equipo obedezca cuando dice «acción». Pero detrás del gran director aparece un hombre mucho menos hábil cuando tiene que ejercer simplemente de padre.
Y frente a semejante torrente aparece una magnífica Victoria Luengo. Su interpretación nace de otro lugar: la contención, la observación, los silencios. Luengo demuestra algo que a veces olvidamos cuando hablamos de grandes interpretaciones: escuchar también es actuar. El choque entre ambos sostiene (y es) la película.
Pero El ser querido introduce además una cuestión incómoda alrededor de Esteban y de sus comportamientos explosivos durante los rodajes: ¿hasta dónde estamos dispuestos a justificar determinadas conductas en nombre del talento?
Sorogoyen evita las respuestas sencillas. No convierte a Esteban en un absoluto monstruo ni pretende absolverlo. Prefiere algo mucho más interesante: mostrar sus contradicciones. Puede ser un cineasta brillante y un padre desastroso. Puede querer a su hija y haberle causado un daño enorme. Puede intentar reparar el pasado y equivocarse mientras lo intenta. Como ocurre tantas veces fuera del cine.
Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña: una pareja de oro
Hablar de Sorogoyen vuelve a ser hablar de Isabel Peña. Su complicidad creativa se ha convertido en una de las asociaciones más estimulantes del cine español contemporáneo. Juntos entienden algo esencial: las personas rara vez decimos exactamente aquello que sentimos.
El ser querido llegó a Cannes compitiendo por la Palma de Oro y salió sin premios, pero con una recepción extraordinariamente cálida y más de ocho minutos de aplausos tras su proyección de gala. No resulta difícil entender el entusiasmo. Porque estamos ante un Sorogoyen que vuelve a demostrar un dominio formidable del lenguaje cinematográfico, pero que no necesita presumir de él. Confía en el guion, en sus actores, en los silencios y, sobre todo, en la inteligencia del espectador. Quizá ahí resida la grandeza de El ser querido.
Las relaciones humanas rara vez tienen buenos guionistas. Decimos las frases equivocadas, llegamos tarde, nos defendemos cuando deberíamos escuchar y, demasiadas veces, herimos precisamente a las personas de las que esperamos ser queridos.
Sorogoyen e Isabel Peña llevan años filmando ese territorio. Esta vez les han bastado un padre, una hija y trece años de distancia entre ambos. Y una cámara lo suficientemente cerca como para que ninguno pueda esconderse. Magistral.



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