Introducción y sinopsis
MUBI, la distribuidora global, servicio de streaming y productora, estrenará en cines de España la esperada nueva película de Jane Schoenbrun (El brillo de la televisión, We're All Going to the World's Fair), Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma, el 20 de noviembre. La película llegará a los cines españoles tras su paso por el Festival de Cannes 2026, donde inauguró la sección Un Certain Regard y se convirtió en la ganadora de la Palma Queer de este año.
La película está protagonizada por la ganadora de un Emmy Hannah Einbinder (Hacks) y Gillian Anderson (Expediente X, Sex Education, La gran exclusiva), y también cuenta en su reparto con Amanda Fix, Arthur Conti, Eva Victor, Zach Cherry, Sarah Sherman, Patrick Fischler, Dylan Baker, Jasmin Savoy Brown, Kevin McDonald, Quintessa Swindell y Jack Haven. Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma está escrita y dirigida por Jane Schoenbrun y producida por Plan B con la financiación de MUBI.
Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma es el tercer largometraje de Schoenbrun, continuando una obra marcada por temas como la identidad trans y el terror queer. Su película anterior, El brillo de la televisión, se estrenó en Sundance en 2024 y se proyectó en otros festivales como la Berlinale, San Sebastián y SXSW, recibiendo múltiples nominaciones en los Independent Spirit Awards de 2025, incluyendo Mejor Dirección, Mejor Interpretación Principal y Mejor Largometraje.
Tras años de secuelas cutres y con un fandom en declive, la franquicia slasher "Campamento Miasma" es puesta en manos de una joven y entusiasta directora para que la resucite. Pero cuando visita a la estrella de la película original, una actriz que ahora vive recluida y envuelta en misterio, las dos caen en una espiral de sangre, deseo, miedo y delirio.
Jane Schoenbrun (elle) es cineasta, escritore y curadore. Sus trabajos de dirección incluyen El brillo de la televisión, We're All Going to the World's Fair y el documental experimental A Self-Induced Hallucination. I Saw the TV Glow fue nominada a seis Independent Spirit Awards, incluyendo Mejor Película, Guion y Dirección, y fue nominada a tres Gotham Awards. Su primera novela, Public Access Afterworld, será publicada por Hogarth en 2026. También tiene previsto escribir, dirigir y producir la adaptación a la TV, para Netflix, de la aclamada novela gráfica Black Hole, con Plan B y New Regency.
Sobre la película
Hay películas que te conquistan desde el primer minuto, otras te desconciertan hasta el punto de no saber si acabas de presenciar una genialidad o un experimento que se ha perdido en sus propias ambiciones. Para mi, Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma, de Jane Schoenbrun, pertenece a esa incómoda categoría de obras que uno no sabe si amar u odiar, pero que siguen dando vueltas en la cabeza mucho después de abandonar la sala.
Tras We're All Going to the World's Fair y I Saw the TV Glow, Schoenbrun vuelve a explorar las relaciones entre ficción, identidad y percepción de uno mismo. Esta vez lo hace a través de una imaginaria franquicia de terror nacida al calor de los slashers de los ochenta: una joven directora, Kris, recibe el encargo de resucitar la saga y decide buscar a Billy Presley, la enigmática actriz que protagonizó su primera entrega y que lleva décadas alejada de los focos. Los primeros veinte minutos son, probablemente, los que más he disfrutado: una deliciosa declaración de amor al cine de terror de finales de los setenta y principios de los ochenta, con referencias evidentes a Viernes 13 y a aquellas producciones donde los campamentos, la sexualidad adolescente y la muerte parecían condenados a encontrarse. La recreación de una franquicia inexistente, su iconografía y su memoria cinematográfica resultan tan convincentes que casi dan ganas de buscar sus viejas cintas en algún videoclub desaparecido.
Sin embargo, bajo ese envoltorio nostálgico se esconde una propuesta mucho más incómoda. Schoenbrun parece preguntarse hasta qué punto el cine de terror convirtió el cuerpo femenino en un territorio de castigo, especialmente cuando el deseo o la pérdida de la virginidad entraban en escena. Hay algo perturbador en esa asociación entre placer, exposición y violencia, y también en la posibilidad de que determinadas imágenes, celebradas durante décadas como entretenimiento, oculten experiencias mucho menos inocentes para quienes las protagonizaron.
La película invita igualmente a reflexionar sobre nuestra manera de juzgar el cine del pasado. ¿Es justo examinar una obra de hace cuarenta años exclusivamente con los códigos morales y sociales del presente? ¿Podemos reconocer sus representaciones problemáticas sin olvidar el contexto histórico en el que nació? La homofobia, la transfobia y los convencionalismos sexuales forman parte de ese debate. Comprender una época no significa justificar todos sus prejuicios, pero tampoco debería impedirnos analizar sus películas con perspectiva histórica.
Otro de los grandes ejes del relato es el deseo femenino, entendido no como un elemento decorativo al servicio de la mirada ajena, sino como una fuerza compleja, contradictoria y profundamente personal. La virginidad, el despertar sexual, la represión y la necesidad de apropiarse del propio cuerpo adquieren una dimensión casi alegórica. El terror deja de residir exclusivamente en el asesino que acecha entre los árboles para instalarse también en las normas que determinan quién puede desear, cómo debe hacerlo y qué consecuencias tendrá por ello.
En el apartado interpretativo, Hannah Einbinder sostiene buena parte de la película con una Kris fascinante por su mezcla de entusiasmo cinéfilo, inseguridad y obsesión. Frente a ella, Gillian Anderson construye una Billy Presley extraordinariamente magnética, capaz de transmitir fragilidad, ironía, seducción y una inquietante sensación de que siempre sabe más de lo que está dispuesta a contar. La relación entre ambas funciona como el verdadero corazón de una historia que juega constantemente a confundir admiración, dependencia y atracción.
Visualmente, la propuesta es deslumbrante por momentos. La fotografía de Eric Yue, las texturas que evocan el cine analógico, los colores intensos y una puesta en escena que oscila entre el homenaje y la ensoñación convierten la película en una experiencia sensorial muy particular. Schoenbrun demuestra un conocimiento profundo del lenguaje del terror, pero también una voluntad de deformarlo, de hacerlo suyo y de convertir sus imágenes en un espacio donde realidad, recuerdo y fantasía dejan de tener fronteras claras.
Mi principal problema aparece cuando la película comienza a acumular ideas, símbolos y cambios de registro hasta hacerme perder parte de la conexión emocional que había conseguido establecer. Entiendo su voluntad de escapar de las narraciones convencionales, pero en determinados momentos esa libertad creativa parece imponerse sobre la propia historia. No todo lo que resulta sugerente termina siendo necesariamente satisfactorio, y hay pasajes en los que la fascinación inicial deja paso a una considerable perplejidad.
Quizá ahí resida, precisamente, su mayor virtud y también su mayor debilidad. Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma no es el slasher que aparenta ser, ni pretende ofrecer respuestas sencillas sobre el sexo, la identidad o el cine que heredamos de otras generaciones. Es una obra provocadora, irregular, visualmente poderosa y difícil de clasificar. Salí de la proyección sin saber si me había gustado tanto como esperaba, pero con la certeza de que había visto algo que merecía ser pensado. Seguramente, en tiempos de películas que se olvidan antes de llegar a casa, eso ya sea mucho decir.




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