jueves, 17 de septiembre de 2026

RESEÑA DE "PRÁCTICAMENTE MAGIA 2"

Debo comenzar con una confesión: Sandra Bullock fue (y es) mi gran amor platónico cinematográfico desde que era adolescente. Comprenderéis que ello condiciona, evidentemente, mi análisis de la película. Cu
alquier película que llevara su nombre en el reparto era motivo suficiente para verla, por ello, reencontrarme con ella en este universo tantos años después tenía inevitablemente un componente emocional.

El día anterior al pase de prensa decidí volver a ver Prácticamente magia. Hacía muchísimo tiempo que no la veía y apenas conservaba algunos recuerdos dispersos. Fue una magnífica decisión, permitió que el salto entre ambas películas se produjera con naturalidad, aunque entre ellas hayan transcurrido casi tres décadas, fue algo así como... prácticamente magia....

Prácticamente magia 2 ha conseguido transportarme a una forma de hacer cine que asocio profundamente con las películas de los años ochenta y, especialmente, de los noventa. Un cine que se tomaba su tiempo para presentarnos personajes, lugares y situaciones; que no necesitaba precipitarnos inmediatamente hacia el conflicto y que conseguía algo aparentemente muy sencillo pero cada vez más difícil: hacer que uno se sintiera bien dentro de una película.

Quizá ahí está una de las claves de esta secuela: Antes incluso de que la historia despliegue todos sus elementos fantásticos, hay una sensación de familiaridad, de calidez, de estar regresando a un lugar que conocemos, a una especie de refugio cinematográfico.

Ese espíritu recuerda inevitablemente a muchas de aquellas producciones de los noventa que mezclaban comedia, romance, fantasía y unas gotas de drama sin necesidad de preguntarse constantemente a qué género pertenecían, películas capaces de ser luminosas sin resultar ingenuas y sentimentales sin avergonzarse de ello.

Algo de aquella parte del Hollywood de los noventa parece sobrevolar (sin escoba) esta segunda entrega, y seguramente por ello la película funciona especialmente bien cuando abraza sin complejos su condición de relato fantástico, romántico y familiar.

Prácticamente magia nunca fue únicamente una historia sobre brujas. Bajo los hechizos, las maldiciones y los rituales siempre hubo una historia sobre mujeres, hermanas, madres, hijas, pérdidas, amores y vínculos que sobreviven al paso del tiempo, y esta continuación entiende perfectamente que, casi treinta años después, su mayor patrimonio no está en ampliar una mitología, sino en recuperar esa conexión emocional.

El reencuentro con Sandra Bullock y Nicole Kidman es, evidentemente, uno de sus grandes atractivos. Pero lo verdaderamente importante no es simplemente volver a verlas juntas, sino comprobar cómo el paso del tiempo se incorpora al propio relato. Ya no estamos ante las mismas mujeres que conocimos entonces, porque tampoco nosotros somos los mismos espectadores, y ahí aparece una palabra inevitable: nostalgia, con una apreciación muy importante, no entendida únicamente como ese mecanismo cada vez más habitual de recuperar personajes, objetos o canciones reconocibles para provocar el aplauso automático del espectador. Aquí la nostalgia funciona mejor cuando se convierte en una sensación. En esa impresión de regresar durante un par de horas a una época en la que determinadas películas podían permitirse ser simplemente encantadoras.

Quizá por eso Prácticamente magia 2 tiene es algo de feel-good movie con hechizos. Su magia está precisamente en otro lugar: en recuperar personajes queridos, envolverlos nuevamente en ese universo de romanticismo, humor, fantasía y complicidad femenina y conseguir que durante buena parte de su metraje volvamos a sentirnos cómodos entre ellos.

Y si hay un regreso que termina de activar por completo la nostalgia es el de Stockard Channing y Dianne Wiest, de nuevo en la piel de las inolvidables tías Frances “Franny” y Bridget “Jet” Owens. Dos actrices veteranas, con una trayectoria extraordinaria a sus espaldas, que conservan intacta aquella maravillosa complicidad que convirtió a sus personajes en una parte esencial del encanto de la película original. Channing vuelve a desplegar ese carácter indomable, excéntrico y arrollador de Franny, mientras Wiest aporta a Jet su habitual ternura y una sensibilidad que adquiere aquí un peso especialmente emotivo. Volver a verlas juntas, casi tres décadas después, no funciona únicamente como un guiño para quienes crecimos con Prácticamente magia: supone recuperar dos personajes enormemente queridos y comprobar que hay presencias capaces de devolvernos, con apenas aparecer en pantalla, a aquel universo que creíamos haber dejado atrás.


Seguramente habrá espectador@s para quienes todo esto tenga mucho menos peso. Quien no tenga ninguna relación emocional con la película original probablemente encontrará una experiencia diferente. Pero quienes crecimos con aquel cine —y quienes alguna vez caímos rendidos ante la sonrisa de Sandra Bullock— jugamos con una pequeña desventaja. 

Lo reconozco, algunas películas se valoran con la cabeza, otras, inevitablemente, se ven desde el recuerdo. Prácticamente magia 2 pertenece, al menos para mí, a estas últimas. Y quizá su hechizo más poderoso sea precisamente ese: conseguir que durante un rato no solo regresen sus personajes, sino que también regrese el espectador/a que alguna vez fuimos.

Una reseña de Carlos Penela Sánchez

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