sábado, 5 de septiembre de 2026

RESEÑA DE "CRONOS" - DEBAJO DEL UNIFORME ENCONTRAMOS PERSONAS

Hay películas que se acercan a una tragedia para reconstruir sus hechos y otras que prefieren detenerse en las heridas invisibles que deja en quienes tuvieron que afrontarla. Cronos, de Fernando González Molina, pertenece fundamentalmente a este segundo grupo.

A partir del atentado de las Ramblas de Barcelona, la película concentra su relato en las horas y los cuatro días posteriores, cuando el desconcierto, el miedo y la necesidad de encontrar a los responsables convirtieron Cataluña en el escenario de una angustiosa carrera contrarreloj. Sin embargo, su mayor virtud no reside únicamente en la tensión del dispositivo policial, sino en la capacidad del director para introducirse bajo los uniformes y recordarnos que quienes los visten no son piezas de una maquinaria perfecta, sino personas expuestas al miedo, la rabia, la culpa y la duda.

La humanización de los Mossos d’Esquadra constituye así el corazón emocional de Cronos. Sus agentes deben tomar decisiones inmediatas, sin disponer siempre de toda la información y sabiendo que cualquier error puede costar vidas. El cuerpo actúa mientras la mente intenta ordenar el caos; después, cuando disminuye la adrenalina, llegan las preguntas, las imágenes que regresan y la conciencia de lo vivido. “Primero la cabeza, luego el corazón”, les recuerdan. Pero el corazón siempre termina reclamando su espacio.

Fernando González Molina vuelve a demostrar la sensibilidad hacia los personajes y sus relaciones que ya había mostrado en Palmeras en la nieve y en la trilogía del Baztán. Como en aquellas películas, combina aquí la ambición narrativa con la intimidad emocional. La operación policial proporciona el armazón del thriller, pero la verdadera tensión también nace de los silencios, las miradas y las dudas de quienes deben continuar trabajando mientras asimilan que su mundo ha cambiado en cuestión de minutos.

Especialmente incisivo resulta el contraste entre quienes actúan sobre el terreno y quienes contemplan la crisis desde los niveles superiores de la estructura institucional. Mientras unos se exponen al peligro y tratan de evitar nuevas víctimas, otros parecen competir por controlar el relato, atribuirse los méritos o impedir que los errores manchen a su institución. La pugna entre el Estado y la Generalitat adquiere entonces un carácter tan absurdo como inquietante: cuando comunicar una detención antes que el adversario importa más que compartir correctamente la información, el sistema deja de proteger y comienza a obstaculizar.

A esta confusión se suma el papel de las redes sociales, capaces de difundir avisos útiles, pero también rumores, imágenes descontextualizadas y datos que pueden condicionar una operación o alertar a los fugitivos. Cronos expone una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: nunca habíamos tenido un acceso tan inmediato a la información y, sin embargo, nunca había resultado tan difícil distinguir lo cierto de lo simplemente verosímil.

La película abre, además, una reflexión delicada sobre los límites de la integración. Que algunos jóvenes aparentemente integrados terminen abrazando la violencia obliga a revisar los mecanismos de prevención y detección, pero no permite señalar a comunidades enteras ni declarar fracasado todo el modelo. El éxito de la integración suele ser silencioso; sus quiebras, en cambio, ocupan titulares y pueden deformar nuestra percepción de la realidad.

La integración social tampoco garantiza por sí sola una pertenencia emocional plena. Tras una convivencia aparentemente normal pueden subsistir fracturas identitarias que, unidas al aislamiento, la necesidad de pertenencia o la manipulación ideológica, generen espacios de vulnerabilidad. Reconocer esa complejidad no significa renunciar a la convivencia, sino evitar tanto la complacencia como la estigmatización.

Cronos no convierte a sus agentes en héroes invulnerables. Su homenaje nace precisamente del reconocimiento de su fragilidad: su valor no consiste en no sentir miedo, sino en continuar actuando a pesar de él. Los uniformes pueden proteger el cuerpo, pero no aíslan las emociones.

Fernando González Molina construye así un thriller tenso y profundamente humano. Porque, cuando concluye una operación, se archivan los informes y las instituciones proclaman sus conclusiones, permanece algo imposible de encerrar en un expediente: la memoria de quienes estuvieron allí. Y hay heridas que, aunque nunca aparezcan en una fotografía, tardan mucho tiempo en cerrarse.

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