Rodada en dialecto de Franconia y con mayoría de intérpretes no profesionales, la obra retrata el día a día de tres generaciones de mujeres agricultoras que conviven bajo el mismo techo en una granja en decadencia, alejadas de cualquier referencia masculina.
Justine Bauer criada en una granja de avestruces en Alemania, pretende ofrecer una lectura crítica de los roles de género en el campo, la pérdida de tradición y las tensiones entre lo bucólico y lo marginal.
El olor a leche quemada fue además reconocida con el Premio del Público en el Festival de Cine Alemán de Madrid, donde tuvo una acogida especialmente cálida.
Sinopsis
La leche lleva ya un tiempo siendo un producto poco rentable. La agricultura en general está pasando por dificultades y cada vez son más las explotaciones que se ven obligadas a cerrar. Pero Katinka se aferra al negocio familiar y busca su futuro en un lugar donde aún se recuerda cómo eran las cosas antes.
Es verano en Hohenlohe, una comarca rural del sur de Alemania. Katinka vive con sus hermanas, su madre Marlies -que las saca adelante sola- y su abuela Emma en una explotación de vacas lecheras que la familia mantiene a flote a duras penas, con la ayuda de una pequeña granja de alpacas. Quiere lo mismo que quisieron su madre y su abuela antes que ella. Pero la granja no será suya: eso está reservado a su hermano. Su madre, que conoce el trabajo como nadie, no le ve futuro y prefiere que sus hijas busquen otra cosa.
Mientras tanto, Anna, la amiga de Katinka, está embarazada sin haberlo buscado y no sabe si quiere seguir adelante. Ella lo llama el verano de las grandes preguntas.
Los días transcurren entre el establo, los campos y la balsa donde las chicas pasan cada minuto libre. Alrededor, el campo se muere sin ruido. El vecino, con casi noventa vacas, apenas puede alimentar a su familia: planta cruces de madera para que se vea su situación y apaga una hoguera de paja con leche ante las cámaras. Su protesta se disuelve sin efecto. Donde antes hubo una explotación, ahora se extiende una urbanización nueva.
No hay parto de ternero ni gran momento de revelación. Hay trabajo, bromas secas y la muerte de los animales tratada con la naturalidad de quien convive con ella.
Pero sobre todo hay una chica que conoce demasiado bien este oficio como para renunciar a él.
Gracias a nuestros amigos de EnSilencio hemos tenido la oportunidad de entrevistar a la directora de la cinta, Justine Bauer. Este es el resultado de la entrevista:
Carlos Penela.- Creciste en una granja de avestruces y has explicado que la película se alimenta de tus recuerdos y de tu conocimiento del mundo rural. ¿En qué momento comprendiste que aquel universo familiar podía convertirse en una película y qué necesitabas contar sobre él que todavía no habías encontrado en el cine?
JUSTINE BAUER.- Mientras estudiaba cine sentía que no hay muchas películas sobre agricultores, ni tampoco demasiadas personas procedentes del mundo rural que estudien algo como Bellas Artes. Parecían ámbitos completamente distintos, casi mundos separados. Al principio, cuando estudiaba, siempre creía que debía hacer algo diferente, porque piensas que tienes que crear algo muy intelectual. Pero después sentí que realmente necesitaba hablar de estos temas porque crecí allí, la mayoría de las mujeres que conozco procedentes de granjas aparecen reflejadas en la película.
Carlos Penela.- El olor a leche quemada retrata tres generaciones de mujeres que sostienen una explotación agrícola, pero la propiedad de la granja está reservada al hermano ausente. ¿Te interesaba mostrar que el patriarcado puede seguir condicionando la vida de las mujeres incluso cuando los hombres apenas aparecen físicamente?
JUSTINE BAUER.- Hay un hermano, hay un personaje masculino en la película. Pero, sí, sobre todo quería hacerlo porque no era habitual ver en el cine a ese tipo de mujeres fuertes, que trabajan de verdad y se ocupan de todo. Quería contar la historia de mujeres fuertes, que hacen lo que consideran necesario y siguen adelante, pero que, por mucho que se esfuercen, siempre encuentran un obstáculo que no consiguen superar. Y ese obstáculo es el patriarcado. Eso es quizá lo que quería mostrar: que, por mucho que lo intentes, como mujer siempre hay algo que te empuja hacia atrás. Y esto, por supuesto, afecta a todas… Quizá podría decir que siempre surge la pregunta de por qué no hay un padre en la película. Y eso me resulta interesante porque, cuando en una película no aparece una madre, nadie pregunta dónde está. Sin embargo, cuando son los hombres quienes están ausentes, todo el mundo pregunta por ellos. Me parece muy significativo, porque normalmente esa pregunta no debería plantearse. Tal vez por eso todo el mundo habla de «mujeres fuertes». Pero yo siempre digo que, en la vida real, no sé qué es una mujer débil. Para mí, todas las mujeres son fuertes. Sin embargo, en el cine muchas veces no se las representa así y, por ese motivo, cuando sí sucede, se las etiqueta como «mujeres fuertes». En realidad, las mujeres débiles son una excepción.
Carlos Penela.- Katinka sabe demasiado bien lo que significa ser agricultora como para idealizar ese futuro, pero también ama demasiado ese oficio como para abandonarlo. ¿Cómo trabajaste esa contradicción entre las raíces que nos sostienen y las raíces que, en ocasiones, también pueden inmovilizarnos?
JUSTINE BAUER.- No estoy segura de que ella tenga miedo. Creo, más bien, que trata de evitar enfrentarse a la posibilidad de que las cosas puedan ser de otra manera. Por eso continúa haciendo lo que quiere hacer hasta que ya no puede seguir, o quizá esté esperando que aparezca una solución. Creo que tiene más que ver con la esperanza: ella conserva la esperanza, aunque conoce cuál es la realidad del futuro.
Carlos Penela.- La película habla de la desaparición de las pequeñas explotaciones sin convertirla en un discurso explícito: la protesta del vecino se apaga, la leche deja de ser rentable y las urbanizaciones ocupan el espacio de las antiguas granjas. ¿Querías retratar un mundo que no se derrumba de golpe, sino que se va extinguiendo silenciosamente ante nuestros ojos?
JUSTINE BAUER.- Sí, creo que tiene que ver con ese tipo de silencios. Incluso el agricultor intenta llamar realmente la atención sobre lo que está sucediendo, pero a nadie parece importarle ese incendio. Creo que habla de la lenta desaparición de todo aquello que no pertenece a una gran empresa. Y, por supuesto, no se refiere únicamente a la agricultura, sino a muchos otros ámbitos, como por ejemplo los pequeños cines. Como vemos todo esto es algo más universal que las granjas, tiene que ver con todos esos negocios familiares y pequeños.
Carlos Penela.- En ese paisaje en decadencia sitúas a unas jóvenes que todavía se bañan, bromean, se enamoran o se preguntan si desean ser madres. ¿Era importante que la película no redujera a sus protagonistas a víctimas y que, junto a la incertidumbre, conservaran el humor, el deseo y una cierta ligereza?
JUSTINE BAUER.- Sí, creo que las historias me gustan más cuando conservan cierto sentido del humor y cuando los personajes todavía tienen la oportunidad de divertirse. Al fin y al cabo, son adolescentes y deberían pasarlo bien. También creo que las historias resultan más interesantes cuando incluyen algo de humor y no se centran exclusivamente en el trauma. Si todo el mundo está llorando constantemente y la película se recrea únicamente en el sufrimiento, nadie querrá verla. Introduje esa ligereza y ese sentido del humor porque creo que así es más fácil contar la historia y transmitir al público aquello que quiero expresar con la película
Carlos Penela.- La muerte de los animales aparece con una naturalidad poco habitual en el cine, sin sentimentalismo, pero tampoco con frialdad. ¿Qué aprendiste creciendo en una granja sobre la cercanía entre la vida y la muerte y cómo quisiste trasladar esa experiencia a la pantalla?
JUSTINE BAUER.- Quería mostrar que los animales forman parte de la vida cotidiana y que, a veces, hay uno en particular al que se trata como mascota, mientras que los demás, aunque no reciban un trato especial, también están presentes. Quería que aparecieran muchos animales en la película para evitar que uno solo adquiriera una función exclusivamente simbólica. No quería centrarme en un único animal, sino mostrar especies diferentes, cada una con su propia personalidad. También era importante enseñar que las vacas pueden comportarse como madres y que los animales tienen su propio carácter. Sin embargo, el trabajo en una granja no siempre permite exteriorizar esos sentimientos. Si los agricultores vivieran la relación con los animales con la sensibilidad que mucha gente espera de ellos, no conseguirían sobrellevar el día a día: allí los animales mueren continuamente y se pasarían todo el tiempo llorando.
Carlos Penela.- La película está rodada en hohenlohisch, tu dialecto materno, cuya desaparición te preocupa. ¿Filmar en dialecto fue también una manera de conservar una memoria colectiva y de reivindicar que no existe una única forma legítima de hablar, vivir o contar historias?
JUSTINE BAUER.- Sí, quería que se hablara en dialecto porque recuerdo que, cuando íbamos a la escuela, llegaba una determinada edad en la que hablarlo dejaba de estar bien visto. La gente se reía de ti por hacerlo. Además, en las películas alemanas, cuando un personaje habla en dialecto, con un acento determinado o de una manera distinta al alemán estándar, muchas veces se utiliza para ridiculizarlo. Y yo me preguntaba: ¿por qué tiene que ser así? Quería mostrar que las personas pueden hablar en su dialecto con absoluta naturalidad… En Alemania algunas personas se han sorprendido al comprobar que no entendían el dialecto de la película. Es un dialecto del sur de Alemania y quienes proceden de regiones más septentrionales pueden tener dificultades para comprenderlo. Se preguntan: «¿Pero qué están diciendo?». Creo que esto sucede principalmente con quienes solo hablan alemán estándar y no están familiarizados con ningún dialecto. Para ellos resulta más difícil entenderlos. En cambio, si hablas alguno, aunque sea un poco, suele ser más fácil, porque estás acostumbrado a escuchar distintas formas de hablar alemán. A veces, además, hay personas que no quieren escuchar ni hacen el esfuerzo de comprender. Se limitan a decir: «No lo entiendo». Pero si no mantienes vivo un dialecto…
Carlos Penela.- El título, El olor a leche quemada, posee algo cotidiano y sensorial, pero también evoca un instante de descuido tras el cual ya no es posible recuperar lo que había. ¿Qué representa para ti esa leche que se quema y qué relación guarda con la desaparición de una forma de vida?
JUSTINE BAUER.- Quizá ya esté bien expresado así, es una historia sobre algo que se va desvaneciendo.
Carlos Penela.- La película ha conectado con públicos de países y contextos muy diferentes y recibió el Premio del Público en el Festival de Cine Alemán de Madrid. ¿Qué crees que ha reconocido el espectador en una historia tan arraigada en Hohenlohe para sentirla, al mismo tiempo, como algo cercano y universal?
JUSTINE BAUER.- Tengo la impresión de que las personas procedentes del ámbito rural, o que conservan algún vínculo con él, comprendieron mejor la película que quienes han vivido siempre en la ciudad. Esto ocurrió en distintos lugares del mundo. No creo que dependa tanto del país como del lugar donde vives o en el que creciste. Si tus abuelos también tenían animales, por ejemplo, resulta mucho más fácil sentirse identificado con la abuela de la película. Hay experiencias del mundo rural que son similares en todas partes. Por supuesto, el público se ríe más en las escenas en las que los personajes hablan en dialecto. Quizá sea un tipo de humor característico de aquel lugar, pero, de algún modo, funciona en todo el mundo, aunque no siempre se entiendan exactamente las palabras.





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