Hay algo profundamente humano en querer escapar. Escapar del ruido, de las obligaciones, del dinero, de las prisas. Escapar de una sociedad que nos dice cuándo trabajar, cuánto producir, qué necesitamos para ser felices e incluso, demasiadas veces, qué significa haber triunfado en la vida.
Pero podemos marcharnos muy lejos de la ciudad. Podemos refugiarnos entre montañas, cultivar nuestros propios alimentos y construir una comunidad aparentemente ajena al mundo exterior. Lo verdaderamente difícil es escapar de nosotros mismos. Y quizá sea ahí donde Eixam (Enjambre) encuentra su idea más estimulante.
Óscar Bernàcer construye en su primer largometraje de ficción un thriller rural que funciona también como una pequeña fábula sobre el comportamiento humano. Porque bajo su historia de comunidades alternativas, aislamiento y supervivencia late una pregunta mucho más incómoda: ¿somos realmente capaces de construir una sociedad diferente o estamos condenados a reproducir, tarde o temprano, aquello de lo que pretendíamos escapar?
Lluc (Pablo Molinero) llega a Malpàs después de haberlo perdido prácticamente todo. Allí encuentra algo parecido a una segunda oportunidad: una comunidad aislada donde todos trabajan para todos, cada miembro tiene asignada una función y el bienestar colectivo parece imponerse al egoísmo individual. Sobre el papel, incluso suena hermoso. Hasta que descubrimos que también las utopías tienen normas, y que detrás de las normas siempre hay alguien encargado de decidir cuáles son, quién debe cumplirlas y qué sucede con aquellos que dejan de hacerlo. Es entonces cuando el paraíso comienza a mostrar sus grietas.
Porque Eixam no necesita demonizar la vida comunitaria para plantear su conflicto, al contrario. Lo interesante es comprobar cómo una idea aparentemente noble puede deformarse cuando aparecen algunos de nuestros instintos más reconocibles: la necesidad de controlar, el miedo a ser expulsados del grupo, la obediencia, la discriminación o la facilidad con la que justificamos determinados abusos cuando creemos que sirven a un supuesto bien común. El problema nunca fue la ciudad. El problema siempre hemos sido nosotros.
Desde una perspectiva psicológica, la película resulta especialmente sugerente al hablar de nuestra necesidad de pertenencia. Necesitamos sentirnos parte de algo. Una familia, una pareja, una comunidad, una ideología, una empresa, un país. El grupo nos protege y nos proporciona identidad, pero también puede exigirnos algo a cambio: una pequeña renuncia a nuestra individualidad. Y ahí aparece la gran cuestión: ¿cuánta libertad estamos dispuestos a entregar a cambio de sentirnos seguros?
La propia imagen del enjambre funciona como una metáfora perfecta. Cada individuo tiene una función y cada esfuerzo está destinado a garantizar la supervivencia del conjunto. El sistema funciona mientras nadie cuestione cuál es su lugar dentro de él, pero ¿qué ocurre cuando una abeja decide abandonar la colmena?
Bernàcer encuentra además un magnífico aliado en un reparto deliberadamente coral. Pablo Molinero construye un Lluc vulnerable, herido y necesitado de una segunda oportunidad, mientras Cristina Fernández Pintado dota a Alba de una serenidad que resulta especialmente inquietante precisamente porque nunca necesita recurrir al exceso. María Maroto y Pablo Derqui completan el núcleo principal de una película donde también encontramos a Marta Belenguer, Jordi Aguilar, Glòria March, Àngel Fígols, Abdelatif Hwidar, Elías Hwidar, June Bernàcer Martínez, Nuria Herrero, Neus Asensi y Sergio Caballero.
Esa coralidad no es únicamente una cuestión de reparto, es parte de la propia naturaleza de Eixam. Cada personaje parece representar una forma distinta de relacionarse con el poder: quienes lo ejercen, quienes se benefician de él, quienes obedecen, quienes callan, quienes dudan y quienes, finalmente, comienzan a preguntarse si las reglas que aceptaron alguna vez continúan teniendo sentido.
El paisaje juega igualmente un papel fundamental. Las montañas, los caminos y el aislamiento convierten el entorno rural en un personaje más. Lo que inicialmente parece un refugio acaba adquiriendo progresivamente otra dimensión. La inmensidad del espacio contrasta paradójicamente con la sensación de encierro. Nunca hubo tantas hectáreas alrededor y, sin embargo, pocas veces resulta tan difícil marcharse.
También la música original de Raquel Sànchez contribuye a esa transformación emocional, acompañando el tránsito desde lo aparentemente bucólico hacia una atmósfera cada vez más incómoda. Y La Mentida, compuesta por La Maria para la película, dialoga de manera especialmente interesante con uno de sus grandes temas: las verdades que ocultamos a los demás —y a nosotros mismos— para continuar viviendo dentro del relato que hemos elegido. Quizás todos necesitemos alguna mentira para sobrevivir.
Eixam habla de comunidades alternativas, pero podría estar hablando de prácticamente cualquier sociedad. Cambian los edificios por montañas y las oficinas por campos, pero permanecen las jerarquías, las normas, el miedo, los privilegios y nuestra necesidad de encontrar un lugar dentro del grupo. Por eso su reflexión termina trascendiendo el thriller rural.
Quizás una sociedad perfecta sea imposible porque tendría que estar construida por seres humanos, y los seres humanos llegamos a cualquier paraíso cargando con nuestras inseguridades, nuestros prejuicios, nuestras ambiciones y nuestra necesidad de controlar aquello que tememos perder. Podemos abandonar la ciudad, podemos alejarnos del sistema, podemos incluso intentar empezar de cero. Lo único de lo que nunca podremos escapar es de nosotros mismos.

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