Hay directores que cuentan historias y otros que construyen lugares en los que introducir al espectador. Christopher Nolan pertenece, desde hace tiempo, a esa segunda especie.
Lo hizo convirtiendo un sueño en un laberinto en Origen, transformando el espacio y el tiempo en territorio emocional en Interstellar, encerrándonos en la angustia de una playa en Dunkerque o haciendo de la Historia, la ciencia y la culpa las distintas caras de un mismo hombre en Oppenheimer. Ahora, con La Odisea, Nolan se enfrenta quizá al mayor desafío narrativo de su carrera: apropiarse de una historia que lleva casi tres milenios siendo contada, volviendo a demostrar algo que, a estas alturas, parece difícil discutir, su extraordinaria capacidad para convertir una historia gigantesca en una experiencia cinematográfica.
La Odisea es enorme. Lo es por sus paisajes, por sus batallas, por sus monstruos, por el rugido del mar y por la propia dimensión del relato, pero Nolan entiende que la épica no consiste simplemente en hacer las cosas más grandes, consiste en conseguir que nosotros nos sintamos pequeños ante ellas.
Hay secuencias que explican por sí solas qué clase de cineasta es Christopher Nolan. La llegada de Odiseo y sus hombres a la cueva de Polifemo es una de ellas. Lo que comienza con unas ovejas y la aparente posibilidad de encontrar refugio acaba convirtiéndose en una pesadilla claustrofóbica. Nolan cambia la inmensidad del paisaje por la oscuridad, el fuego y la piedra. El héroe acostumbrado a conquistar territorios descubre de repente que se encuentra atrapado en uno, y entonces aparece el miedo, no el miedo digital, limpio y perfectamente iluminado de buena parte del cine fantástico contemporáneo. Aquí todo parece tener peso, volumen, temperatura. Podemos casi sentir la humedad de la cueva, la oscuridad que impide comprender exactamente qué está sucediendo y la desesperación de unos hombres que dejan de ser soldados para convertirse en presas.
Es precisamente ahí donde Nolan demuestra una de sus mayores virtudes: sabe administrar la escala. Puede encerrarnos en una cueva y, poco después, lanzarnos contra un mar enfurecido.
Las secuencias marítimas son posiblemente algunos de los momentos más impresionantes de la película. El barco deja de parecer un medio de transporte para convertirse en un diminuto objeto de madera abandonado a merced de algo infinitamente superior. Las olas golpean, la cámara se mueve con ellas y el horizonte parece desaparecer. Durante unos minutos no estamos observando una tormenta: estamos intentando sobrevivir a ella. Es inevitable aquí recordar Dunkerque. Allí Nolan ya había convertido el agua en amenaza y el espacio abierto en una paradójica prisión. Pero en La Odisea va todavía más lejos. El enemigo ya no tiene uniforme, es el propio mundo.
En el centro de semejante despliegue está Matt Damon. Su Odiseo no funciona únicamente como el héroe legendario que debe superar monstruos y adversidades para regresar a Ítaca. Damon construye a un hombre progresivamente erosionado por aquello que ha visto y, sobre todo, por aquello que ha hecho.
Es probablemente ahí donde Nolan conecta La Odisea con Oppenheimer. Ambas películas están protagonizadas por hombres que participan en acontecimientos enormes y que posteriormente deben convivir con sus consecuencias. La victoria no proporciona necesariamente paz. Ganar una guerra tampoco significa regresar de ella.
Damon aporta al personaje cansancio, obstinación y una humanidad que resulta imprescindible. Su físico puede corresponder al guerrero, pero son sus silencios y su mirada los que terminan definiendo al superviviente.
Frente a él —aunque durante buena parte de la historia estén separados por kilómetros y años— está Penélope. Anne Hathaway evita convertirla en la mujer que simplemente espera el regreso del héroe. Su Penélope vive rodeada de hombres que interpretan la ausencia de Odiseo como una oportunidad. Robert Pattinson, como Antínoo, encarna especialmente bien esa amenaza: seducción, arrogancia, poder y violencia conviven detrás de la apariencia del pretendiente.
Penélope resiste utilizando prácticamente la única arma que todavía controla: su inteligencia. Y Hathaway consigue transmitir algo particularmente interesante: la fortaleza no siempre necesita levantar la voz. Su personaje observa, calcula, gana tiempo y sobrevive dentro de un espacio que otros pretenden administrar por ella.
Tom Holland, el actor al que medio planeta seguirá asociando inevitablemente con Spider-Man, encuentra como Telémaco un registro diferente. Aquí interpreta a un joven obligado a construir su identidad bajo la gigantesca sombra de un padre convertido prácticamente en leyenda. Su viaje no consiste únicamente en encontrar a Odiseo, sino en descubrir quién es él cuando deja de ser simplemente "el hijo de".
John Leguizamo aporta como Eumeo otro tipo de presencia. Representa la lealtad cuando prácticamente todo alrededor de Ítaca parece haberse puesto en venta. Es un personaje secundario, pero esencial para entender que el mundo de La Odisea no se divide únicamente entre héroes y monstruos: también existen quienes permanecen fieles cuando hacerlo ya no ofrece ninguna recompensa.
Y alrededor de ellos Nolan despliega un reparto casi descomunal en el que Robert Pattinson, Samantha Morton, Charlize Theron, Zendaya, Lupita Nyong'o o Himesh Patel permiten que cada nueva etapa del viaje tenga personalidad propia.
Especialmente poderosa resulta Samantha Morton como Circe: inquietante, imprevisible y magnética. En una película llena de gigantes, dioses y criaturas, Nolan comprende que pocas cosas resultan más fascinantes que un ser humano del que nunca sabemos exactamente qué esperar.
Pero sería imposible hablar de La Odisea sin detenerse en Hoyte van Hoytema. El director de fotografía neerlandés-sueco lleva colaborando con Nolan desde Interstellar, y juntos han construido una de las asociaciones creativas más reconocibles del cine contemporáneo: Interstellar, Dunkerque, Tenet, Oppenheimer y ahora La Odisea.
Van Hoytema, ganador del Oscar por Oppenheimer, entiende perfectamente la obsesión de Nolan por el gran formato. Pero lo verdaderamente interesante es que ninguno de los dos utiliza el IMAX únicamente para enseñarnos cosas enormes, lo utilizan para hacernos sentir diminutos: el mar ocupa la pantalla hasta devorar al hombre, las costas parecen lugares pertenecientes a otro tiempo, el fuego recorta los cuerpos dentro de la oscuridad de la cueva, los rostros, cuando ocupan una pantalla gigantesca, se transforman también en paisajes. En definitiva, hay algo extraordinariamente físico en la fotografía de la película.
Van Hoytema ya había demostrado en Interstellar que podía hacer del espacio infinito un territorio íntimo; en Dunkerque, que un horizonte vacío podía provocar angustia; en Nope, de Jordan Peele, que mirar hacia un cielo aparentemente hermoso podía resultar aterrador; y en Oppenheimer, que el rostro de un hombre podía contener una explosión tan poderosa como la de una bomba. En La Odisea reúne buena parte de esas experiencias.
El resultado es una película que parece simultáneamente antigua y moderna. Hay imágenes que podrían pertenecer a una pintura, otras a una pesadilla y algunas, sencillamente, a ese tipo de cine que recuerda por qué todavía merece la pena entrar en una sala y enfrentarse a una pantalla gigantesca.
2.800 años después.... quizás aquí se encuentre lo que más me interesa de La Odisea. La obra atribuida a Homero fue compuesta alrededor del siglo VIII antes de Cristo. Han pasado aproximadamente 2.800 años, D-O-S- M-I-L- O-C-H-O-C-I-E-N-T-O-S- A-Ñ-O-S-... Desde entonces hemos inventado la imprenta, la electricidad, los antibióticos, los aviones, Internet, hemos llegado a la Luna y llevamos en nuestros bolsillos dispositivos capaces de comunicarnos instantáneamente con cualquier punto del planeta.
Tecnológicamente resulta casi imposible comparar nuestra civilización con aquella. Humanamente, no estoy tan seguro de que la distancia sea igualmente grande, porque después de casi tres mil años siguen habiendo guerras, seguimos viendo cómo hombres y mujeres parten hacia ellas y regresan —cuando regresan— convertidos en personas diferentes. Seguimos asistiendo a conflictos como Ucrania, Gaza o Sudán y contemplando ciudades destruidas, familias separadas y civiles pagando decisiones tomadas muchas veces a cientos o miles de kilómetros de distancia. Por eso adquiere tanta fuerza la reflexión que atraviesa al Odiseo de Nolan sobre la utilidad última de la guerra.
¿Qué queda después de "ganar" una guerra? ¿Cuánto vale una victoria cuando para alcanzarla hemos tenido que destruir aquello que pretendíamos defender?
Lo inquietante también es que Homero continúa haciéndonos preguntas en otros terrenos. Penélope permanece rodeada de hombres que interpretan su vulnerabilidad como una oportunidad. No ven necesariamente a una persona: ven una posición que ocupar, una casa que poseer, una mujer que "poseer" también, un poder que conquistar. Han transcurrido 2.800 años y seguimos reconociendo ese comportamiento.
Reconocemos la ambición. El ego. La utilización del más débil (soldados más débiles, vagabundos, etc.). La facilidad con la que algunos confunden vulnerabilidad con permiso para aprovecharse del otro. Reconocemos incluso esa antiquísima pulsión humana según la cual quien posee más fuerza considera que eso le concede también más derechos.
Quizá por eso La Odisea ha sobrevivido casi tres milenios. No porque hable de cíclopes, ni de dioses, ni siquiera porque cuente las aventuras de un hombre intentando regresar a casa. Ha sobrevivido porque habla de nosotros.
Christopher Nolan ha necesitado cámaras IMAX, barcos, tormentas, ejércitos, monstruos y uno de los repartos más espectaculares del cine reciente para volver a contarnos una historia nacida hace veintiocho siglos. Pero debajo de todo ese espectáculo continúa existiendo algo sorprendentemente sencillo: un hombre que ha conocido la guerra y quiere regresar junto a las personas que ama.
Tal vez Ítaca nunca haya sido solamente un lugar. Tal vez Ítaca sea aquello que queda de nosotros después de sobrevivir al viaje. Y quizá la auténtica odisea de la humanidad, después de 2.800 años, siga siendo exactamente la misma: conseguir avanzar sin destruirnos por el camino.
Una reseña de Carlos Penela Sánchez

















