domingo, 6 de septiembre de 2026

ENTREVISTA A JUSTINE BAUER - DIRECTORA DE "EL OLOR A LECHE QUEMADA"

El olor a leche quemada, ópera prima de Justine Bauer, ha llegado a nuestros cines españoles de la mano de ConUnPack Distribución.

Rodada en dialecto de Franconia y con mayoría de intérpretes no profesionales, la obra retrata el día a día de tres generaciones de mujeres agricultoras que conviven bajo el mismo techo en una granja en decadencia, alejadas de cualquier referencia masculina.

Justine Bauer criada en una granja de avestruces en Alemania, pretende ofrecer una lectura crítica de los roles de género en el campo, la pérdida de tradición y las tensiones entre lo bucólico y lo marginal.

El olor a leche quemada fue además reconocida con el Premio del Público en el Festival de Cine Alemán de Madrid, donde tuvo una acogida especialmente cálida.

Sinopsis

La leche lleva ya un tiempo siendo un producto poco rentable. La agricultura en general está pasando por dificultades y cada vez son más las explotaciones que se ven obligadas a cerrar. Pero Katinka se aferra al negocio familiar y busca su futuro en un lugar donde aún se recuerda cómo eran las cosas antes.

Es verano en Hohenlohe, una comarca rural del sur de Alemania. Katinka vive con sus hermanas, su madre Marlies -que las saca adelante sola- y su abuela Emma en una explotación de vacas lecheras que la familia mantiene a flote a duras penas, con la ayuda de una pequeña granja de alpacas. Quiere lo mismo que quisieron su madre y su abuela antes que ella. Pero la granja no será suya: eso está reservado a su hermano. Su madre, que conoce el trabajo como nadie, no le ve futuro y prefiere que sus hijas busquen otra cosa.

Mientras tanto, Anna, la amiga de Katinka, está embarazada sin haberlo buscado y no sabe si quiere seguir adelante. Ella lo llama el verano de las grandes preguntas.

Los días transcurren entre el establo, los campos y la balsa donde las chicas pasan cada minuto libre. Alrededor, el campo se muere sin ruido. El vecino, con casi noventa vacas, apenas puede alimentar a su familia: planta cruces de madera para que se vea su situación y apaga una hoguera de paja con leche ante las cámaras. Su protesta se disuelve sin efecto. Donde antes hubo una explotación, ahora se extiende una urbanización nueva.

No hay parto de ternero ni gran momento de revelación. Hay trabajo, bromas secas y la muerte de los animales tratada con la naturalidad de quien convive con ella.

Pero sobre todo hay una chica que conoce demasiado bien este oficio como para renunciar a él.

Gracias a nuestros amigos de EnSilencio hemos tenido la oportunidad de entrevistar a la directora de la cinta, Justine Bauer. Este es el resultado de la entrevista:

Carlos Penela.- Creciste en una granja de avestruces y has explicado que la película se alimenta de tus recuerdos y de tu conocimiento del mundo rural. ¿En qué momento comprendiste que aquel universo familiar podía convertirse en una película y qué necesitabas contar sobre él que todavía no habías encontrado en el cine?

JUSTINE BAUER.- Mientras estudiaba cine sentía que no hay muchas películas sobre agricultores, ni tampoco demasiadas personas procedentes del mundo rural que estudien algo como Bellas Artes. Parecían ámbitos completamente distintos, casi mundos separados. Al principio, cuando estudiaba, siempre creía que debía hacer algo diferente, porque piensas que tienes que crear algo muy intelectual. Pero después sentí que realmente necesitaba hablar de estos temas porque crecí allí, la mayoría de las mujeres que conozco procedentes de granjas aparecen reflejadas en la película.

Carlos Penela.- El olor a leche quemada retrata tres generaciones de mujeres que sostienen una explotación agrícola, pero la propiedad de la granja está reservada al hermano ausente. ¿Te interesaba mostrar que el patriarcado puede seguir condicionando la vida de las mujeres incluso cuando los hombres apenas aparecen físicamente?

JUSTINE BAUER.- Hay un hermano, hay un personaje masculino en la película. Pero, sí, sobre todo quería hacerlo porque no era habitual ver en el cine a ese tipo de mujeres fuertes, que trabajan de verdad y se ocupan de todo. Quería contar la historia de mujeres fuertes, que hacen lo que consideran necesario y siguen adelante, pero que, por mucho que se esfuercen, siempre encuentran un obstáculo que no consiguen superar. Y ese obstáculo es el patriarcado. Eso es quizá lo que quería mostrar: que, por mucho que lo intentes, como mujer siempre hay algo que te empuja hacia atrás. Y esto, por supuesto, afecta a todas… Quizá podría decir que siempre surge la pregunta de por qué no hay un padre en la película. Y eso me resulta interesante porque, cuando en una película no aparece una madre, nadie pregunta dónde está. Sin embargo, cuando son los hombres quienes están ausentes, todo el mundo pregunta por ellos. Me parece muy significativo, porque normalmente esa pregunta no debería plantearse. Tal vez por eso todo el mundo habla de «mujeres fuertes». Pero yo siempre digo que, en la vida real, no sé qué es una mujer débil. Para mí, todas las mujeres son fuertes. Sin embargo, en el cine muchas veces no se las representa así y, por ese motivo, cuando sí sucede, se las etiqueta como «mujeres fuertes». En realidad, las mujeres débiles son una excepción.

Carlos Penela.- Katinka sabe demasiado bien lo que significa ser agricultora como para idealizar ese futuro, pero también ama demasiado ese oficio como para abandonarlo. ¿Cómo trabajaste esa contradicción entre las raíces que nos sostienen y las raíces que, en ocasiones, también pueden inmovilizarnos?

JUSTINE BAUER.- No estoy segura de que ella tenga miedo. Creo, más bien, que trata de evitar enfrentarse a la posibilidad de que las cosas puedan ser de otra manera. Por eso continúa haciendo lo que quiere hacer hasta que ya no puede seguir, o quizá esté esperando que aparezca una solución. Creo que tiene más que ver con la esperanza: ella conserva la esperanza, aunque conoce cuál es la realidad del futuro.

Carlos Penela.- La película habla de la desaparición de las pequeñas explotaciones sin convertirla en un discurso explícito: la protesta del vecino se apaga, la leche deja de ser rentable y las urbanizaciones ocupan el espacio de las antiguas granjas. ¿Querías retratar un mundo que no se derrumba de golpe, sino que se va extinguiendo silenciosamente ante nuestros ojos?

JUSTINE BAUER.- Sí, creo que tiene que ver con ese tipo de silencios. Incluso el agricultor intenta llamar realmente la atención sobre lo que está sucediendo, pero a nadie parece importarle ese incendio. Creo que habla de la lenta desaparición de todo aquello que no pertenece a una gran empresa. Y, por supuesto, no se refiere únicamente a la agricultura, sino a muchos otros ámbitos, como por ejemplo los pequeños cines. Como vemos todo esto es algo más universal que las granjas, tiene que ver con todos esos negocios familiares y pequeños.

Carlos Penela.-
En ese paisaje en decadencia sitúas a unas jóvenes que todavía se bañan, bromean, se enamoran o se preguntan si desean ser madres. ¿Era importante que la película no redujera a sus protagonistas a víctimas y que, junto a la incertidumbre, conservaran el humor, el deseo y una cierta ligereza?

JUSTINE BAUER.- Sí, creo que las historias me gustan más cuando conservan cierto sentido del humor y cuando los personajes todavía tienen la oportunidad de divertirse. Al fin y al cabo, son adolescentes y deberían pasarlo bien. También creo que las historias resultan más interesantes cuando incluyen algo de humor y no se centran exclusivamente en el trauma. Si todo el mundo está llorando constantemente y la película se recrea únicamente en el sufrimiento, nadie querrá verla. Introduje esa ligereza y ese sentido del humor porque creo que así es más fácil contar la historia y transmitir al público aquello que quiero expresar con la película

Carlos Penela.- La muerte de los animales aparece con una naturalidad poco habitual en el cine, sin sentimentalismo, pero tampoco con frialdad. ¿Qué aprendiste creciendo en una granja sobre la cercanía entre la vida y la muerte y cómo quisiste trasladar esa experiencia a la pantalla?

JUSTINE BAUER.- Quería mostrar que los animales forman parte de la vida cotidiana y que, a veces, hay uno en particular al que se trata como mascota, mientras que los demás, aunque no reciban un trato especial, también están presentes. Quería que aparecieran muchos animales en la película para evitar que uno solo adquiriera una función exclusivamente simbólica. No quería centrarme en un único animal, sino mostrar especies diferentes, cada una con su propia personalidad. También era importante enseñar que las vacas pueden comportarse como madres y que los animales tienen su propio carácter. Sin embargo, el trabajo en una granja no siempre permite exteriorizar esos sentimientos. Si los agricultores vivieran la relación con los animales con la sensibilidad que mucha gente espera de ellos, no conseguirían sobrellevar el día a día: allí los animales mueren continuamente y se pasarían todo el tiempo llorando.

Carlos Penela.- La película está rodada en hohenlohisch, tu dialecto materno, cuya desaparición te preocupa. ¿Filmar en dialecto fue también una manera de conservar una memoria colectiva y de reivindicar que no existe una única forma legítima de hablar, vivir o contar historias?

JUSTINE BAUER.- Sí, quería que se hablara en dialecto porque recuerdo que, cuando íbamos a la escuela, llegaba una determinada edad en la que hablarlo dejaba de estar bien visto. La gente se reía de ti por hacerlo. Además, en las películas alemanas, cuando un personaje habla en dialecto, con un acento determinado o de una manera distinta al alemán estándar, muchas veces se utiliza para ridiculizarlo. Y yo me preguntaba: ¿por qué tiene que ser así? Quería mostrar que las personas pueden hablar en su dialecto con absoluta naturalidad… En Alemania algunas personas se han sorprendido al comprobar que no entendían el dialecto de la película. Es un dialecto del sur de Alemania y quienes proceden de regiones más septentrionales pueden tener dificultades para comprenderlo. Se preguntan: «¿Pero qué están diciendo?». Creo que esto sucede principalmente con quienes solo hablan alemán estándar y no están familiarizados con ningún dialecto. Para ellos resulta más difícil entenderlos. En cambio, si hablas alguno, aunque sea un poco, suele ser más fácil, porque estás acostumbrado a escuchar distintas formas de hablar alemán. A veces, además, hay personas que no quieren escuchar ni hacen el esfuerzo de comprender. Se limitan a decir: «No lo entiendo». Pero si no mantienes vivo un dialecto…

Carlos Penela.- El título, El olor a leche quemada, posee algo cotidiano y sensorial, pero también evoca un instante de descuido tras el cual ya no es posible recuperar lo que había. ¿Qué representa para ti esa leche que se quema y qué relación guarda con la desaparición de una forma de vida?

JUSTINE BAUER.- Quizá ya esté bien expresado así, es una historia sobre algo que se va desvaneciendo.

Carlos Penela.- La película ha conectado con públicos de países y contextos muy diferentes y recibió el Premio del Público en el Festival de Cine Alemán de Madrid. ¿Qué crees que ha reconocido el espectador en una historia tan arraigada en Hohenlohe para sentirla, al mismo tiempo, como algo cercano y universal?

JUSTINE BAUER.- Tengo la impresión de que las personas procedentes del ámbito rural, o que conservan algún vínculo con él, comprendieron mejor la película que quienes han vivido siempre en la ciudad. Esto ocurrió en distintos lugares del mundo. No creo que dependa tanto del país como del lugar donde vives o en el que creciste. Si tus abuelos también tenían animales, por ejemplo, resulta mucho más fácil sentirse identificado con la abuela de la película. Hay experiencias del mundo rural que son similares en todas partes. Por supuesto, el público se ríe más en las escenas en las que los personajes hablan en dialecto. Quizá sea un tipo de humor característico de aquel lugar, pero, de algún modo, funciona en todo el mundo, aunque no siempre se entiendan exactamente las palabras.







sábado, 5 de septiembre de 2026

'BESAR, CASAR O MATAR' YA DISPONIBLE EN PRIME VIDEO

La directora Laura Murphy (Malditos amigos) es la encargada de traernos esta divertida historia sobre los problemas de las nuevas generaciones para encontrar pareja. Lo que comienza siendo una historia romántica y entretenida sobre una joven, Eva (Lucy Hale), que busca un nuevo novio, se convierte en una mezcla de terror, drama, ironía y asesinos en serie.

Eva es una apasionada de los podcasts de true crime que se ve obligada a entrar en el mundo de las apps de citas para superar una ruptura inesperada. Sin embargo, su rutina sentimental se tambalea cuando empieza a sospechar que uno de los tres hombres con los que está quedando podría ser el temido “asesino del swipe a la derecha”, figura central de su podcast favorito.

En plena conmoción por los asesinatos que estremecen la ciudad, Eva y sus amigas (interpretadas por Bethany Brown, Threnody Tsai y Virginia Gardner) tendrán que averiguar si los pretendientes son inofensivos seductores, futuros esposos… o el peligroso asesino que todas temen.

SinopsisEva (Lucy Hale), buscando el amor, decide hacerse un perfil en una app de citas y conoce a tres chicos, pero pronto sospecha que uno de ellos podría ser el asesino que está aterrorizando a las mujeres de su ciudad. Mientras lucha con la tensión de la atracción y el peligro inminente que la acecha, Eva y sus amigas deberán enfrentarse al dilema de escoger entre un posible asesino o el amor.


Besar, Casar o Matar ya está disponible en PRIME VIDEO.

RESEÑA DE "CRONOS" - DEBAJO DEL UNIFORME ENCONTRAMOS PERSONAS

Hay películas que se acercan a una tragedia para reconstruir sus hechos y otras que prefieren detenerse en las heridas invisibles que deja en quienes tuvieron que afrontarla. Cronos, de Fernando González Molina, pertenece fundamentalmente a este segundo grupo.

A partir del atentado de las Ramblas de Barcelona, la película concentra su relato en las horas y los cuatro días posteriores, cuando el desconcierto, el miedo y la necesidad de encontrar a los responsables convirtieron Cataluña en el escenario de una angustiosa carrera contrarreloj. Sin embargo, su mayor virtud no reside únicamente en la tensión del dispositivo policial, sino en la capacidad del director para introducirse bajo los uniformes y recordarnos que quienes los visten no son piezas de una maquinaria perfecta, sino personas expuestas al miedo, la rabia, la culpa y la duda.

La humanización de los Mossos d’Esquadra constituye así el corazón emocional de Cronos. Sus agentes deben tomar decisiones inmediatas, sin disponer siempre de toda la información y sabiendo que cualquier error puede costar vidas. El cuerpo actúa mientras la mente intenta ordenar el caos; después, cuando disminuye la adrenalina, llegan las preguntas, las imágenes que regresan y la conciencia de lo vivido. “Primero la cabeza, luego el corazón”, les recuerdan. Pero el corazón siempre termina reclamando su espacio.

Fernando González Molina vuelve a demostrar la sensibilidad hacia los personajes y sus relaciones que ya había mostrado en Palmeras en la nieve y en la trilogía del Baztán. Como en aquellas películas, combina aquí la ambición narrativa con la intimidad emocional. La operación policial proporciona el armazón del thriller, pero la verdadera tensión también nace de los silencios, las miradas y las dudas de quienes deben continuar trabajando mientras asimilan que su mundo ha cambiado en cuestión de minutos.

Especialmente incisivo resulta el contraste entre quienes actúan sobre el terreno y quienes contemplan la crisis desde los niveles superiores de la estructura institucional. Mientras unos se exponen al peligro y tratan de evitar nuevas víctimas, otros parecen competir por controlar el relato, atribuirse los méritos o impedir que los errores manchen a su institución. La pugna entre el Estado y la Generalitat adquiere entonces un carácter tan absurdo como inquietante: cuando comunicar una detención antes que el adversario importa más que compartir correctamente la información, el sistema deja de proteger y comienza a obstaculizar.

A esta confusión se suma el papel de las redes sociales, capaces de difundir avisos útiles, pero también rumores, imágenes descontextualizadas y datos que pueden condicionar una operación o alertar a los fugitivos. Cronos expone una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: nunca habíamos tenido un acceso tan inmediato a la información y, sin embargo, nunca había resultado tan difícil distinguir lo cierto de lo simplemente verosímil.

La película abre, además, una reflexión delicada sobre los límites de la integración. Que algunos jóvenes aparentemente integrados terminen abrazando la violencia obliga a revisar los mecanismos de prevención y detección, pero no permite señalar a comunidades enteras ni declarar fracasado todo el modelo. El éxito de la integración suele ser silencioso; sus quiebras, en cambio, ocupan titulares y pueden deformar nuestra percepción de la realidad.

La integración social tampoco garantiza por sí sola una pertenencia emocional plena. Tras una convivencia aparentemente normal pueden subsistir fracturas identitarias que, unidas al aislamiento, la necesidad de pertenencia o la manipulación ideológica, generen espacios de vulnerabilidad. Reconocer esa complejidad no significa renunciar a la convivencia, sino evitar tanto la complacencia como la estigmatización.

Cronos no convierte a sus agentes en héroes invulnerables. Su homenaje nace precisamente del reconocimiento de su fragilidad: su valor no consiste en no sentir miedo, sino en continuar actuando a pesar de él. Los uniformes pueden proteger el cuerpo, pero no aíslan las emociones.

Fernando González Molina construye así un thriller tenso y profundamente humano. Porque, cuando concluye una operación, se archivan los informes y las instituciones proclaman sus conclusiones, permanece algo imposible de encerrar en un expediente: la memoria de quienes estuvieron allí. Y hay heridas que, aunque nunca aparezcan en una fotografía, tardan mucho tiempo en cerrarse.

RESEÑA DE "ENJAMBRE (EIXAM)" - NINGUNA UTOPÍA SOBREVIVE DEMASIADO TIEMPO AL SER HUMANO

Hay algo profundamente humano en querer escapar. Escapar del ruido, de las obligaciones, del dinero, de las prisas. Escapar de una sociedad que nos dice cuándo trabajar, cuánto producir, qué necesitamos para ser felices e incluso, demasiadas veces, qué significa haber triunfado en la vida.

Pero podemos marcharnos muy lejos de la ciudad. Podemos refugiarnos entre montañas, cultivar nuestros propios alimentos y construir una comunidad aparentemente ajena al mundo exterior. Lo verdaderamente difícil es escapar de nosotros mismos. Y quizá sea ahí donde Eixam (Enjambre) encuentra su idea más estimulante.

Óscar Bernàcer construye en su primer largometraje de ficción un thriller rural que funciona también como una pequeña fábula sobre el comportamiento humano. Porque bajo su historia de comunidades alternativas, aislamiento y supervivencia late una pregunta mucho más incómoda: ¿somos realmente capaces de construir una sociedad diferente o estamos condenados a reproducir, tarde o temprano, aquello de lo que pretendíamos escapar?

Lluc (Pablo Molinero) llega a Malpàs después de haberlo perdido prácticamente todo. Allí encuentra algo parecido a una segunda oportunidad: una comunidad aislada donde todos trabajan para todos, cada miembro tiene asignada una función y el bienestar colectivo parece imponerse al egoísmo individual. Sobre el papel, incluso suena hermoso. Hasta que descubrimos que también las utopías tienen normas, y que detrás de las normas siempre hay alguien encargado de decidir cuáles son, quién debe cumplirlas y qué sucede con aquellos que dejan de hacerlo. Es entonces cuando el paraíso comienza a mostrar sus grietas.

Porque Eixam no necesita demonizar la vida comunitaria para plantear su conflicto, al contrario. Lo interesante es comprobar cómo una idea aparentemente noble puede deformarse cuando aparecen algunos de nuestros instintos más reconocibles: la necesidad de controlar, el miedo a ser expulsados del grupo, la obediencia, la discriminación o la facilidad con la que justificamos determinados abusos cuando creemos que sirven a un supuesto bien común. El problema nunca fue la ciudad. El problema siempre hemos sido nosotros.

Desde una perspectiva psicológica, la película resulta especialmente sugerente al hablar de nuestra necesidad de pertenencia. Necesitamos sentirnos parte de algo. Una familia, una pareja, una comunidad, una ideología, una empresa, un país. El grupo nos protege y nos proporciona identidad, pero también puede exigirnos algo a cambio: una pequeña renuncia a nuestra individualidad. Y ahí aparece la gran cuestión: ¿cuánta libertad estamos dispuestos a entregar a cambio de sentirnos seguros?

La propia imagen del enjambre funciona como una metáfora perfecta. Cada individuo tiene una función y cada esfuerzo está destinado a garantizar la supervivencia del conjunto. El sistema funciona mientras nadie cuestione cuál es su lugar dentro de él, pero ¿qué ocurre cuando una abeja decide abandonar la colmena?

Bernàcer encuentra además un magnífico aliado en un reparto deliberadamente coral. Pablo Molinero construye un Lluc vulnerable, herido y necesitado de una segunda oportunidad, mientras Cristina Fernández Pintado dota a Alba de una serenidad que resulta especialmente inquietante precisamente porque nunca necesita recurrir al exceso. 
María Maroto y Pablo Derqui completan el núcleo principal de una película donde también encontramos a Marta Belenguer, Jordi Aguilar, Glòria March, Àngel Fígols, Abdelatif Hwidar, Elías Hwidar, June Bernàcer Martínez, Nuria Herrero, Neus Asensi y Sergio Caballero.

Esa coralidad no es únicamente una cuestión de reparto, es parte de la propia naturaleza de Eixam. Cada personaje parece representar una forma distinta de relacionarse con el poder: quienes lo ejercen, quienes se benefician de él, quienes obedecen, quienes callan, quienes dudan y quienes, finalmente, comienzan a preguntarse si las reglas que aceptaron alguna vez continúan teniendo sentido.

El paisaje juega igualmente un papel fundamentalLas montañas, los caminos y el aislamiento convierten el entorno rural en un personaje más. Lo que inicialmente parece un refugio acaba adquiriendo progresivamente otra dimensión. La inmensidad del espacio contrasta paradójicamente con la sensación de encierro. Nunca hubo tantas hectáreas alrededor y, sin embargo, pocas veces resulta tan difícil marcharse.

También la música original de Raquel Sànchez contribuye a esa transformación emocional, acompañando el tránsito desde lo aparentemente bucólico hacia una atmósfera cada vez más incómoda. Y La Mentida, compuesta por La Maria para la película, dialoga de manera especialmente interesante con uno de sus grandes temas: las verdades que ocultamos a los demás —y a nosotros mismos— para continuar viviendo dentro del relato que hemos elegido. Quizás todos necesitemos alguna mentira para sobrevivir.

Eixam habla de comunidades alternativas, pero podría estar hablando de prácticamente cualquier sociedad. Cambian los edificios por montañas y las oficinas por campos, pero permanecen las jerarquías, las normas, el miedo, los privilegios y nuestra necesidad de encontrar un lugar dentro del grupo. Por eso su reflexión termina trascendiendo el thriller rural.

Quizás una sociedad perfecta sea imposible porque tendría que estar construida por seres humanos, y los seres humanos llegamos a cualquier paraíso cargando con nuestras inseguridades, nuestros prejuicios, nuestras ambiciones y nuestra necesidad de controlar aquello que tememos perder. Podemos abandonar la ciudad, podemos alejarnos del sistema, podemos incluso intentar empezar de cero. Lo único de lo que nunca podremos escapar es de nosotros mismos.

viernes, 4 de septiembre de 2026

LA ACCIÓN MÁS EXPLOSIVA DEL AÑO LLEGA A SITGES

El Festival de Sitges anunció ayer en rueda de prensa los títulos que formarán parte de la 59.ª edición del certamen.

Entre las películas seleccionadas para formar parte de la Sección Oficial Fantàstic a Competición se encuentra Aniquilación, el nuevo proyecto de Adam Wingard (Tú eres el siguiente; The Guest). La historia sigue a Celeste (Adria Arjona), una francotiradora del ejército apartada de la sociedad, se da cuenta de que debe utilizar sus habilidades como exmilitar para proteger a su hija Daisy (Blake Kennedy) de una masacre. Esta tranquila y aislada comunidad se convierte en el objetivo de unos soldados, modificados genéticamente para ser más fuertes y violentos, que no dudan atacan a sus habitantes sin piedad.

Una mezcla de adrenalina y resiliencia que confirma a Arjona como la intérprete ideal para dar vida a esta madre coraje.

Aniquilación se estrena el 30 de octubre, solo en cines, de la mano de Diamond Films.

RESEÑA - "EL OLOR A LECHE QUEMADA"

El olor a leche quemada: las raíces también pueden convertirse en una jaula

Hay mundos que no desaparecen de golpe, se van apagando lentamente, casi sin hacer ruido, mientras quienes los habitan continúan trabajando como si todavía fuera posible detener el tiempo. El olor a leche quemada, ópera prima de Justine Bauer, observa uno de esos universos al borde de la extinción: el de las pequeñas explotaciones agrícolas, estranguladas por la falta de rentabilidad y condenadas a dejar paso a un modelo de vida que parece haber olvidado de dónde procede todo aquello que se consume.

Katinka vive junto a sus hermanas, su madre y su abuela en una granja lechera del sur de Alemania. Tres generaciones de mujeres sostienen la explotación, cuidan de los animales y mantienen vivo el negocio familiar. Sin embargo, Katinka no podrá heredarlo: la granja está reservada a su hermano. El hombre apenas aparece, pero el privilegio que representa lo impregna todo. Bauer construye así una elocuente reflexión sobre un patriarcado que no necesita estar físicamente presente para decidir el futuro de las mujeres.

Lo más valioso de la película es que nunca convierte sus conflictos en un discurso subrayado. La directora prefiere detenerse en los trabajos diarios, las conversaciones aparentemente insignificantes, las bromas secas y los silencios compartidos. La vida y la muerte conviven aquí con absoluta naturalidad: los animales nacen, enferman o son sacrificados sin que la cámara busque el dramatismo fácil. No hay grandes revelaciones ni escenas concebidas para provocar una emoción inmediata. Hay algo mucho más difícil de capturar: la textura de una existencia.

Rodada en formato 4:3 y en dialecto hohenlohisch, con una mayoría de intérpretes no profesionales, El olor a leche quemada se mueve en una fértil frontera entre la ficción y el documental. Bauer, criada en una granja de avestruces, conoce bien aquello que filma. Esa cercanía le permite retratar el campo sin idealizarlo, pero también sin mirarlo desde la superioridad urbana. El paisaje puede ser hermoso, aunque esa belleza conviva con el barro, la precariedad y unas explotaciones que mueren mientras en su lugar comienzan a levantarse nuevas urbanizaciones.

Entre todo ello todavía queda espacio para un verano adolescente. Katinka y su amiga Anna se bañan, bromean y hablan del futuro. Anna afronta un embarazo inesperado; Katinka, la posibilidad de que le arrebaten la vida que ha elegido. Ambas se encuentran ante una misma pregunta formulada desde lugares distintos: ¿hasta qué punto estamos obligados a continuar aquello que hemos heredado?

Justine Bauer responde sin estridencias y sin soluciones sencillas. Su película habla del apego a la tierra, de la amistad, de la maternidad y de unas tradiciones que pueden ser, al mismo tiempo, refugio y condena. También reivindica a quienes conocen demasiado bien un oficio como para idealizarlo, pero lo aman demasiado como para abandonarlo.

Como esa leche olvidada al fuego, el mundo retratado en la película está a punto de transformarse para siempre. Y Bauer consigue que percibamos su olor antes de que sea demasiado tarde.

jueves, 3 de septiembre de 2026

ENTREVISTA A ÓSCAR BERNÀCER, JOANA M. ORTUETA, CRISTINA FERNÁNDEZ PINTADO Y PABLO MOLINERO - "ENJAMBRE (EIXAM)"

Eixam (Enjambre), el primer largometraje de ficción del realizador Óscar Bernàcer, llega a los cines este viernes de la mano de A Contracorriente Films.

Se trata de un thriller rural protagonizado por Pablo Molinero ('Tú también lo harías', 'Chinas', 'La mort de Guillem') y Cristina Fernández Pintado ('Kepler Sexto B', 'Coses a fer abans de morir', 'La promesa').

La película ha celebrado su premier mundial en el marco del Atlàntida Mallorca Film Fest (Talent Balear).

El reparto coral de este intenso y revelador relato contemporáneo sobre una sociedad alternativa se completa con María Maroto ('Los años nuevos', 'L'àvia i el foraster', 'La boda de Rosa'), Pablo Derqui ('Los sin nombre', 'Su majestad'), Marta Belenguer ('La casa', 'Camera Café, la película'), Jordi Aguilar ('La casa', 'El bar'), Glòria March ('Después de Kim', La mort de Guillem', 'La boda de Rosa'), Àngel Fígols ('Coses a fer abans de morir', 'La Forastera'), Abdelatif Hwidar ('Raqa', 'Bird Box: Barcelona'), Elías Hwidar ('Cuéntame cómo pasó') y el debut de June Bernàcer.

Además, Eixam (Enjambre) cuenta con la colaboración especial de Nuria Herrero ('4 estrellas', 'Eva & Nicole'), Neus Asensi ('Padre no hay más que uno 4: Campanas de boda', 'Los del túnel') y Sergio Caballero ('Després de tu', 'La promesa').

La película también incluye la participación de La Maria, cantante y compositora revelación de la escena valenciana, reconocida por fusionar tradición y vanguardia en su propuesta artística. Su presencia aporta un valor añadido a la producción.

Sinopsis: Lluc (Pablo Molinero) lo ha perdido todo cuando Alba (Cristina Fernández) le ofrece una salida: integrarse en una aldea aislada donde un grupo de desheredados convive en aparente armonía. Lluc se agarra a esta segunda oportunidad, aprende a vivir bajo las normas comunitarias y encuentra el amor de Silvia (María Maroto). Pero el espejismo se resquebraja, revelando la perversión del sistema creado por Alba y los oscuros secretos de su origen. En su intento por recuperar su libertad, Lluc se juega lo único que le queda: su vida.

En la oscuridad de la colmena, las normas que rigen la sociedad de las abejas son inflexibles. Todas trabajan para todas, todas tienen una labor asignada, todas se ayudan entre sí. Juntas forman un ente superior que las protege: el enjambre. ¿Cuánto vale la vida de una abeja obrera? Quien pone en peligro a la Comunidad, lo paga.

En estos tiempos convulsos de incertidumbre y miedo al futuro, Eixam (Enjambre) nos traslada hasta el pequeño universo rural de Malpàs, una utopía con la que todos hemos soñado alguna vez. En palabras de la guionista Joana M. Ortueta: "Un paraíso tentador en el que vivir de espaldas al mundo, pero que poco a poco va mostrando su reverso oscuro. La historia se va oscureciendo imperceptiblemente hasta que la necesidad de huir lo impregna todo".

Eixam (Enjambre) pretende reflejar las luces y sombras de nuestra sociedad en un revelador viaje a través de nuestras contradicciones, individuales y colectivas. Un poderoso espejo cinematográfico sobre el fanatismo, el poder y la libertad.

Esta producción de Maqueta Films, Nakamura Films y Corte y Confección de Películas, con la producción ejecutiva de Araceli Isaac Delso ('La casa', ‘Mientras seas tú, el aquí y ahora de Carme Elias’) y Núria Domenech (‘Muyeres’), cuenta con un guion escrito por Joana M. Ortueta ('La casa' - Nominada a los Goya como Mejor Guion Adaptado) y Jorge Juan Martinez ('Salvajes' - Goya al Mejor Guion Adaptado).

Su rodaje se desarrolló en distintas localizaciones de la Comunidad Valenciana, como El Molinar (El Toro), en el término municipal de Bejís, Chelva o Calles.

Gracias a nuestras amigas de Revolutionary Press hemos podido entrevistar al director de la cinta, Óscar Bernàcer, a la guionista de la misma, Joana M. Ortueta, y a los actores Cristina Fernández Pintado y Pablo Molinero. Este es el resultado de la entrevista:

Carlos Penela.- Joana, ¿Cómo surge el guion de Enjambre (Eixam)?

JOANA M. ORTUETA.- 
A mí siempre me han fascinado este tipo de historias, coger a un grupo de personas, sacarlas de su zona de confort y ponerlas en una situación de tener que empezar de cero, tener que construir algo solo con las personas con las que cuentan. Me vienen a la cabeza ejemplos como "El Señor de las moscas", "Lost" (salvando las distancias), o una peli que a mí me golpeó siendo muy pequeñita, que fue la adaptación en dibujos animados de "Rebelión en la granja", que no estaba destinada a un público infantil y a mí me la pusieron con seis años. Cuando me llegó el bofetón de la historia de Orwell y vi la violencia, el abuso de poder, la explotación del débil, me quedé muy impactada y creo que es como una idea que se me ha quedado, una obsesión de decir ¿Qué nos pasa? ¿Qué le pasa al ser humano que teniéndolo todo a favor para construir algo justo y equilibrado, acabamos sistemáticamente cayendo en esta violencia, en esta explotación y en esta confrontación constante. Un poco, de esa necesidad y un momento vital en que la crisis financiera se llevó nuestro sustento por delante, que eran las series diarias (se dejaron hacer series diarias en la Comunidad Valenciana), me dije "ya no tengo excusas, ahora tengo tiempo". Le propuse hacer el guion a un compañero de trabajo de aquellas series, que tenía más experiencia que yo y mucha mano con el thriller y con la novela negra, Jorge Juan Martínez, le dije que a mí me apetecía mucho escribir esta historia, le encantó y aquí estamos.

Carlos Penela.- Malpàs nace como refugio para personas que lo han perdido todo, pero termina reproduciendo aquello de lo que pretendía escapar. ¿La película sugiere que el problema no está tanto en el sistema como nuestra propia relación con el poder?

ÓSCAR BERNÀCER.- Bueno, yo creo que el sistema tiene fallos y hay que intentar solucionarlos, pero al final, simplemente con que se cumplieran ciertas cosas del actual sistema a nivel social y a nivel de protección, no tanto de unos pocos, sino de que funcione para que el bien común sea uno de los patrones a seguir dentro de la administración de los recursos, ya avanzaríamos mucho. Yo creo que la peli tampoco está hablando del sistema comunal, sino que lo que hace es reproducir el sistema que tenemos. Todos los fallos del sistema se van allí también, no es que las utopías no funcionen. No hablamos de eso. Hablamos de que ahí se están reproduciendo esos mismos errores y que las mochilas personales de cada uno están siendo también algo que hace que las cosas no funcionen, que acaben por salir los problemas de los que tú guías.

JOANA M. ORTUETA.- Y evidentemente tenemos un problema con el poder.

ÓSCAR BERNÀCER.- Sí, al final los políticos son la correa de transmisión de la sociedad para la sociedad. Si esa correa de transmisión va hacia sólo unos pocos en detrimento de la gran mayoría, la sensación es que el sistema se rompe. La ruptura es muy grande. Y eso es lo que genera que haya discursos como los que hay hoy, que están llenando, están abarcando mucho espacio mediático y están adquiriendo poder.

Carlos Penela.- Cristina, tu personaje, Alba, ofrece refugio y una nueva vida, pero también establece las condiciones de esa salvación. ¿Cómo construiste un personaje capaz de percibirse a sí mismo como protector mientras va privando de libertad a quienes pretende proteger?

CRISTINA FERNÁNDEZ PINTADO.-
Bueno, es que creo que ahí está el peligro. En el momento en que tú sientes que eres la persona que da las segundas oportunidades, que protege, que gracias a ti las demás personas evolucionan, Alba ya se coloca en una situación de poder, una situación de poder que a ella le interesa para poder llevar las cosas hacia donde las lleva. Entonces, yo creo que era un personaje complejo, con muchas aristas, cargada de razón en su momento para crear algo así, pero no en la manera de llevarlo a cabo, ni en la manera de sobrevivir a cualquier ataque o a cualquier amenaza. Entonces, bueno, lo construí a través de la contención, para no mostrar su vulnerabilidad, porque es lo que la puede hacer perder ese poder. Y a raíz de ahí, con los compañeros, sobre todo con las relaciones que íbamos creando, con todo lo que iba surgiendo en los ensayos, también con la guionista, el director, la visión que tenían, porque al final era quienes habían creado estos personajes. Pero vamos, podría decirte que desde la contención.

Carlos Penela.- Pablo, Lluc encuentra en Malpàs no solo cobijo, sino también amor. Ese vínculo sentimental, ¿le devuelve la voluntad de vivir o paradójicamente hace todavía más difícil que pueda escapar del lugar? 

PABLO MOLINERO.- Yo creo que de alguna manera eso lo devuelve a la vida, a volver a sentir. Vivir es sentir, pero así como en algún momento ese amor es un bien a cuidar y a querer potenciar para tener un proyecto común, intentan escapar de allá, pero finalmente se convierte en una cadena que también hace que él renuncie y sea parte de ese rebaño de abejas, esas abejas obreras de las que habla la película, y sea una abeja más que tenga que quedarse allí en la colmena.

Carlos Penela.- Joana, venías de una historia tan íntima y familiar como La casa. Aquí vuelves a hablar de convivencia, pertenencia y heridas personales, pero desde una comunidad alternativa. ¿Consideras que existe un hilo entre ambas películas: nuestra incapacidad para convivir sin negociar afectos, espacios y poder?

JOANA M. ORTUETA.- A ver, es verdad que cronológicamente "Enjambre (Eixam)"se gesta muchos años antes que "La casa", y luego ha ido evolucionando con el tiempo, pero también que "Enjambre (Eixam)" es un proyecto personal que nace de una inquietud propia. "La casa" es una novela gráfica del gran Paco Roca de la que yo era fan entusiasta y además tenía muchos paralelismos con mi propia vida, acababa de perder a mi padre, tenemos una casita súper similar en una zona muy cercana, y yo me dedico a hacer las cosas que hace el protagonista de la novela y, además, Alex Montoya es amigo y vecino. Entonces, cuando nosotros le coproducíamos la película, cuando supe que estaba ese momento del guion que nos llega a todos, en que de pronto dudas de todo, ya no sabes por dónde meterle mano, le dija "Álex, ¿necesitas una guionista profesional, rápida, que sabe del cultivo y de la pérdida?. Y entonces ahí es cuando entré. Es verdad que el proyecto es de Álex, el trabajo de adaptación lo hizo él, y yo entré más como guionista de hacer versiones y revisiones. Pero al final, sí, las dos son un tipo de historias que a mí me gustan mucho como espectador, que son esas historias en las que puedes ponerte en la piel de los distintos personajes, que no hay buenos y malos, sino que todos tienen sus razones. Yo siempre digo que todos somos los protagonistas de nuestra película. Si tú le preguntas a Darth Vader y te cuenta la película desde su punto de vista, el protagonista es él y el antagonista es el otro. A mí me gusta ese tipo de películas que hablan de las relaciones personales como es en la vida, con tu familia, con tus amigos, que van a contarle esto a tu manera, tú eres el bueno y el que está cargado de razones para ofenderte, pero si le preguntas a la otra persona igual no es tan así. En ese sentido, es verdad que en ambas películas ocurre eso, y a mí me gusta mucho. Creo que son estas películas que luego te dan para tomar algo, hablar con la persona que la has visto, compartir y debatir sobre quién tiene razón en cada momento y por qué.

Carlos Penela.- Óscar, la película se va oscureciendo de manera gradual, casi imperceptible. ¿Cómo trabajaste la puesta en escena para que el espectador sintiera primero la seducción de la utopía y sólo después comenzara a percibir que algo inquietante latía bajo ella?

ÓSCAR BERNÀCER.- Pues había un trabajo de tono con los actores que creo que está bastante logrado. Ese oscurecimiento viene sembrado porque en toda esa primera parte de la película queríamos jugar a generar siempre una incomodidad, un extrañamiento en el espectador, de decir "vale sí, el plano es bonito, el diálogo, la imagen, las sensaciones, pero hay algo raro, algo está en la atmósfera que no acaba de decir esto es la hostia, es perfecto." Eso fue trabajado con los actores a base de posar mucho las escenas, generar momentos de silencio, de mirada, de subtexto en alguna palabra, para que siempre tuviéramos esa carga. Ayuda mucho también la fotografía, el color que tiene la película, jugamos mucho con la entrada y salida de los paisajes para que formen parte de un personaje más, etc. Al principio parece que estás en un espacio libre, pero el mismo paisaje de repente se vuelve un mensaje de que aquí siempre ha estado latente algo que no cuadra, esa era la intención.

Carlos Penela.- Pablo y Cristina, ¿hubo alguna escena o ensayo en el que descubristeis algo de Lluc o Alba que no estaba expresamente escrito en el guion y que cambió vuestra manera de interpretarlos?

PABLO MOLINERO.-         

Carlos Penela.- Óscar, el paisaje rural suele asociarse cinematográficamente con la libertad y el regreso a lo esencial, pero aquí también genera aislamiento y amenaza. ¿Cómo convertisteis las localizaciones valencianas en una prolongación del estado psicológico de los personajes?

ÓSCAR BERNÀCER.- Pues era muy importante que no parecieran muy mediterráneas, porque eso creo que en el imaginario común funciona de otra manera: el pino mediterráneo, el sol, la piedra más terrosa... Entonces íbamos más hacia una zona más continental, más de piedra gris, más dura, donde el tipo de árboles son diferentes. Creo que eso en el imaginario colectivo funciona de otra manera. Pero no por ello deja de ser un paisaje evidentemente valenciano, porque lo que se ve en pantalla es la comarca del Alto Palancia y allí la verdad es que ha sido un hallazgo, buscábamos algo como eso, las aldeas que buscábamos eran como esas paredes de piedra, que las propias paredes tuvieran un peso específico en quién ha hecho esa casa, en quién ha decidido vivir ahí.

JOANA M. ORTUETA.- Lo que sí que teníamos clarísimo es que ese aislamiento que requería la historia fuera real en el propio rodaje, porque si no en sala no os lo ibais a creer.

Carlos Penela.- El mundo rural normalmente se representa en el cine como algo idílico, algo bonito, pero aquí es muy diferente. ¿Cómo fue rodaje? ¿Cómo convivisteis con el entorno rural?

CRISTINA FERNÁNDEZ PINTADO.- Nos
 ayudó muchísimo llegar al espacio, estar en los ensayos, en el plató, de repente estar trabajando no solo en la ciudad. Estabas trabajando en espacios cerrados y de repente llegas con aquella comunidad que también tiene las luces y las sombras de nuestro paisaje (quemado por los incendios que hubo hace cuatro años), y de repente notas ese poder salvaje que tiene ese lugar. Lo hablábamos todo el rato, era muy importante sentirnos aislados. Y allí te sentías aislado, era un espacio muy alejado de todo, para llegar allí teníamos un recorrido de furgoneta muy concreto, llegamos a espacios que eran angostos. Luego dormíamos allí en un hotel rural que estaba cerrado (se cerró por los incendios) para el turismo, estábamos todos juntos. De repente sentíamos esa potencia de estar allí, aislados, sentir la potencia del bosque, de la naturaleza... El paisaje es un personaje más en esta película.

Carlos Penela.- Cristina, Pablo, ¿Qué habéis aprendido y con qué os quedáis de haber hecho Enjambre (Eixam)?

CRISTINA FERNÁNDEZ PINTADO.- Me quedo con lo maravilloso que es seguir haciéndose preguntas. A veces se nos olvida hacernos preguntas porque vamos a tal velocidad que no nos paramos a pensar, también es incómodo hacerse preguntas y esa incomodidad creo que es necesaria. En esta peli yo me he hecho muchas preguntas desde cuando empecé a leer el guion hasta ahora, como espectadora, y eso es fantástico.

PABLO MOLINERO.- Sí, cuestionarte un poco las decisiones de los personajes, de muchos de ellos. No creo que sea una película que sea dogmática en ese sentido,  priori los personajes tienen buenas intenciones, pero no todo es como toca, la otra persona quiere otra cosa. Me parece que hay algo de cuestionarnos en los personajes que te puede ayudar a pensar en la complejidad de nosotros como seres individuales y en relación con el otro. Cuestionar un poco cómo lo hacemos, por qué a veces ponemos la supervivencia por delante a algo que podía ser no tan animal sino un poquito más evolucionado como seres y que nos iría mucho mejor, enseguida nos atacan con los miedos y ya nos ponemos cerebro de reptil y a defender, matar y a luchar. Seamos más civilizados.

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