Hay películas que forman parte de la vida de varias generaciones, y todas las que forman parte de la saga Toy Story son un ejemplo de ello. 30 años después de revolucionar para siempre la historia de la animación, la saga vuelve a demostrar que todavía tiene cosas que decir, cosas que importan.
A estas alturas, Pixar podría haberse limitado a ofrecer una nueva aventura repleta de guiños nostálgicos. Sin embargo, Toy Story 5 decide mirar de frente a una realidad que cualquier padre, madre o educador/a reconoce al instante: la infancia y su manera de relacionarse ha cambiado.
La película articula buena parte de su discurso alrededor de una idea tan sencilla como inquietante. «En cuanto la tecnología entre en tu casa sois juguetes muertos». Una frase que, en manos de otros guionistas podría haberse convertido en un simple chiste, aquí funciona como una auténtica declaración de intenciones. Durante décadas los juguetes competían entre ellos: Woody temía a Buzz, los juguetes clásicos se enfrentaban a los modernos, los nuevos sustituían a los antiguos sin relegarlos del todo, pero en esta ocasión el enemigo ni siquiera es otro juguete en el sentido clásico, el rival es una pantalla capaz de absorber toda la atención de los niños.
Toy Story 5 encuentra su mayor acierto en no demonizar la tecnología, sino presentarla en un terreno donde los juguetes clásicos no pueden competir, y planteando una cuestión que es una de las raíces de la película, ¿qué ocurre cuando la imaginación deja de ocupar el espacio que siempre le perteneció?
A lo largo de la historia vemos a unos niños cada vez más fascinados por las pantallas mientras los juguetes observan con desconcierto cómo aquello que daba sentido a sus vidas parece desaparecer poco a poco. Es una reflexión sorprendentemente madura para una producción familiar y una de las más interesantes que ha abordado Pixar en años.
En paralelo, la película encuentra espacio para seguir desarrollando a sus personajes históricos: Woody continúa siendo el alma moral de la saga, pero ya no es aquel vaquero inseguro que temía perder el cariño de Andy, ahora comprende que el cambio forma parte de la vida, su viaje está ligado a la aceptación y a la evolución, a entender que ninguna función es eterna, pero que eso no significa que deje de tener valor; Buzz, por su parte, vuelve a recuperar buena parte de la esencia que lo convirtió en uno de los personajes más queridos de la franquicia; y Jessie, el personaje que más crece en esta entrega, representa la capacidad de adaptación, la valentía de seguir adelante cuando las reglas del juego ya no son las mismas.
Todos ellos comparten una misma pregunta: ¿qué ocurre cuando aquello para lo que fuiste creado deja de existir? Es una cuestión profundamente humana. Porque, en realidad, la película no habla de juguetes, habla de nosotros, de quienes han tenido que reinventarse profesionalmente, de quienes han visto cómo el mundo cambiaba a su alrededor, de quienes han comprendido que algunas etapas terminan para que otras puedan comenzar... ¿Seguís pensando que el cine de animación es "solo" para los niños y niñas?
Echando la vista atrás resulta casi imposible creer que todo comenzó en 1995 con aquella primera película que cambió para siempre la animación por ordenador. Cada textura, cada reflejo, cada movimiento y cada expresión facial alcanzan un nivel de detalle asombroso, pero lo verdaderamente admirable es que Pixar sigue utilizando la tecnología para contar historias y no al revés, el avance técnico nunca eclipsa a los personajes.
30 años después, la saga continúa recordándonos algo esencial: todos tenemos una función que cumplir, pero ninguna función dura para siempre, ¡y no pasa nada!, porque crecer también consiste en aprender a dejar espacio para lo que viene después.
Toy Story 5 no solo celebra el legado de una franquicia histórica, también reivindica el valor de la imaginación en una época dominada por las pantallas, reivindica la importancia del juego como herramienta de aprendizaje y nos invita a mirar con cariño aquello que alguna vez fuimos.
Cuando una película infantil consigue provocar todas esas reflexiones en espectadores de cualquier edad, quizá estamos ante algo más que una simple entrega más de una saga, quizá estamos, una vez más, ante la magia de Pixar.
Una reseña de Carlos Penela Sánchez



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