lunes, 26 de octubre de 2026

RESEÑA DE "LOS NIÑOS ESTÁN BIEN" - CUANDO LA AUSENCIA PESA MÁS QUE LA MUERTE

Introducción y sinopsis

Los niños están bien emocionó al público del Festival de Málaga, donde obtuvo el Premio del Público de la Sección Oficial Mosaico, y consolidó su recorrido internacional con el Premio al Mejor Director y el Premio FIPRESCI en Karlovy Vary. La película, protagonizada por Camille Cottin, aborda la familia, la ausencia y las formas inesperadas de cuidar.

Dirigida y escrita por Nathan Ambrosioni (Toni, en famille, Les drapeaux de papier) y protagonizada por Camille Cottin (Tres amigas), la película combina la sensibilidad del mejor cine francés contemporáneo con una premisa de enorme fuerza emocional: una mujer se ve obligada a cuidar de los hijos de su hermana desaparecida.

Sinopsis: Una noche de verano, Suzanne (Juliette Armanet), junto a sus dos hijos pequeños, hace una visita inesperada a su hermana Jeanne (Camille Cottin). Esta última se queda sorprendida: no solo hace varios meses que no se ven, sino que además Suzanne parece ausente, como desconectada de sí misma. Al despertar, Jeanne se queda atónita al descubrir la nota dejada por su hermana. La conmoción da paso a la ira cuando, en la comisaría, Jeanne se da cuenta de que no puede iniciarse ninguna búsqueda: Suzanne ha tomado la decisión de desaparecer…

Los niños están bien llegó este pasado viernes a nuestras pantallas de la mano de Paco Poch Cinema.

Nathan Ambrosioni (Grasse, Francia, 1999) debutó en el largometraje profesional en 2018 con Les drapeaux de papier, tras darse a conocer, a muy temprana edad, con títulos de terror como Hostile (2014) o Therapy (2016). En 2023 estrenó Toni, en famille.

«La intención de la película está en observar a quienes quedan atrás, ver cómo avanzan a pesar de la ausencia de respuestas. ¿Cómo escribir una película sobre una mujer que deja a sus hijos atrás, sin juzgarla por ello? La película trata de evocar esto de manera muy sencilla, a través de elementos muy actuales, escenas muy cotidianas. Quería hacer esta película para reconciliar»
.- Nathan Ambrosioni.

Camille Cottin (Boulogne-Billancourt, Francia, 1978) estrenó recientemente Tres amigas (Emmanuel Mouret, 2024), y ha trabajado a las órdenes de Kenneth Branagh (Misterio en Venecia), Rémi Bezançon (La biblioteca de los libros rechazados), Christophe Honoré (Habitación 212), Ridley Scott (La Casa Gucci), Olivier Nakache y Éric Toledano (Solo una ilusión) o el propio Nathan Ambrosioni (Toni, en famille).

«Jeanne no es rígida; posee un gran interior, aunque detrás de una coraza difícil de romper. No busca necesariamente agradar. No se conmueve de manera ‘clásica’ ante Gaspard y Margaux. A través de su personaje, quería expresar que no es evidente para una mujer sentir maternidad frente a los hijos de otros».- Camille Cottin

Sobre la película

¿Cómo se aprende a vivir con la ausencia de alguien que sigue vivo? ¿Cómo se explica a dos niños que su madre no ha muerto, que podría regresar mañana, pero que ha decidido desaparecer de sus vidas? Y, sobre todo, ¿cómo se reconstruye una familia cuando ninguno de sus integrantes ha elegido las circunstancias que los han reunido? Estas son algunas de las preguntas que atraviesan Los niños están bien, un extraordinario drama francés con el que Nathan Ambrosioni demuestra una madurez narrativa y emocional absolutamente desconcertante para un cineasta de apenas 26 años. Un relato de apariencia sencilla, pero de una complejidad psicológica formidable, que convierte los silencios, las miradas y los pequeños gestos cotidianos en auténticos terremotos emocionales.

Suzanne (Juliette Armanet), una mujer que ha enviudado y parece haber perdido su lugar en el mundo, aparece inesperadamente en casa de su hermana Jeanne (Camille Cottin), acompañada de sus dos hijos pequeños. Llevan tiempo distanciadas y algo en la actitud de Suzanne, en su mirada extraviada y su aparente desconexión emocional, anuncia que bajo aquella visita se esconde algo profundamente inquietante. A la mañana siguiente, Suzanne ha desaparecido voluntariamente, dejando una nota en la que confía sus hijos al cuidado de su hermana. Ambrosioni tiene la inteligencia de no convertir esta desaparición en un misterio convencional. No le interesa tanto descubrir dónde está Suzanne como explorar el devastador vacío que deja detrás. Porque la verdadera protagonista de esta historia no es quien desaparece, sino quienes se quedan.

La película se adentra así en uno de los territorios más dolorosos y menos explorados del duelo: la pérdida ambigua, aquella en la que no existe una muerte que permita iniciar un proceso de despedida, ni una certeza sobre la que reconstruir la propia existencia. La ausencia de Suzanne se convierte en una presencia permanente, en una herida que nadie sabe cómo cerrar. Sus hijos esperan, preguntan, imaginan y buscan explicaciones que los adultos tampoco poseen. Y ahí reside una de las grandes virtudes del guion: comprender que el abandono no siempre se manifiesta mediante grandes explosiones dramáticas, sino a través de pequeñas fracturas cotidianas, de preguntas aparentemente inocentes y de silencios que resultan insoportables. Ambrosioni observa ese dolor sin emitir sentencias morales, sin justificar a Suzanne, pero tampoco reduciéndola a la condición de monstruo.

Sin embargo, bajo esta historia de abandono late también una reflexión extraordinariamente lúcida sobre la maternidad y las expectativas sociales que continúan condicionando la identidad femenina. Jeanne había decidido no tener hijos, una elección legítima que incluso contribuyó a la ruptura con su antigua pareja, Nicole (Monia Chokri). De pronto, la vida la coloca ante una responsabilidad que jamás había deseado asumir. Su desconcierto, sus dudas y sus resistencias no nacen de la falta de cariño hacia sus sobrinos, sino del miedo a no estar preparada para cuidarlos. Camille Cottin construye un personaje maravilloso precisamente porque se permite mostrar sus contradicciones. Jeanne no es una heroína abnegada ni una mujer egoísta: es alguien que intenta reconciliar su libertad individual con una responsabilidad sobrevenida. Y la película cuestiona, con una delicadeza admirable, ese mandato patriarcal que todavía identifica feminidad con maternidad, como si una mujer debiera llevar incorporado un instinto maternal que nunca se exige de forma equivalente a los hombres.

Especialmente conmovedora resulta la mirada infantil que propone Ambrosioni. Manoã Varvat, como Gaspard, y Nina Birman, como Margaux, ofrecen interpretaciones de una naturalidad desarmante. Él, más consciente de lo sucedido, parece debatirse entre la necesidad de comprender y el deseo de proteger a su hermana pequeña. Ella vive la ausencia desde una percepción distinta, más inmediata, todavía incapaz de dimensionar completamente lo ocurrido. Ambos transmiten con extraordinaria autenticidad esa mezcla de vulnerabilidad, desconcierto y necesidad de afecto que caracteriza a los niños cuando el mundo adulto se desmorona. La película comprende algo esencial: por mucho cariño que pueda ofrecerles su tía, Jeanne no es su madre, a su vez, aprender a querer a alguien nuevo no significa dejar de echar de menos a quien se ha marchado.

Otro de los grandes aciertos del relato es incorporar la dimensión institucional y jurídica de las desapariciones voluntarias. La intervención policial, las dificultades para activar una búsqueda cuando no existen indicios de delito y los procedimientos necesarios para regularizar la situación de los menores introducen una tensión muy particular. No estamos ante una película de suspense, pero la incertidumbre sobre el futuro de los niños permanece constantemente suspendida sobre el espectador/a. Especialmente significativa resulta la intervención judicial, donde la aplicación de las normas convive con una mirada humana que parece interesarse tanto por los sentimientos y necesidades de los menores como por su situación legal. Ambrosioni nos recuerda que las instituciones pueden ordenar jurídicamente una realidad familiar, pero difícilmente resolver todas las heridas emocionales que esa realidad contiene.

Desde el punto de vista cinematográfico, Los niños están bien constituye un pequeño prodigio de sensibilidad y contención. La fotografía de Victor Seguin y la planificación de Ambrosioni privilegian la proximidad a los rostros, los encuadres íntimos y una cámara que parece escuchar antes que observar. Resulta particularmente acertada la construcción visual de las primeras secuencias, cuando la aparente normalidad de una visita familiar esconde una perturbación emocional que el espectador percibe mucho antes de comprenderla. La música original de Alexandre de la Baume acompaña ese universo de emociones contenidas sin necesidad de subrayar constantemente el sufrimiento. Hay una armonía admirable entre imagen, interpretación y sonido, una puesta en escena que sabe cuándo acercarse a sus personajes y, sobre todo, cuándo concederles el espacio necesario para que sus silencios hablen por ellos.

Mención especial merece Juliette Armanet, cuya presencia en pantalla es relativamente breve, pero cuya interpretación resulta determinante. Su Suzanne transmite un agotamiento interior y una desconexión emocional que permanecen resonando mucho después de su desaparición. También Monia Chokri aporta una dimensión fundamental al relato, recordándonos que los vínculos familiares y afectivos pueden construirse desde lugares muy diferentes. Porque esta película no habla únicamente de una madre que abandona a sus hijos, sino también de familias elegidas, de responsabilidades inesperadas, de relaciones que se transforman y de afectos que nacen cuando menos se esperan. Y lo hace sin recurrir al chantaje emocional, confiando plenamente en la inteligencia y sensibilidad de cada espectador/a.

Después de Los Drapeaux de papier y Toni en famille, Nathan Ambrosioni confirma que posee una capacidad excepcional para explorar el universo familiar y, especialmente, las contradicciones de sus personajes femeninos. Resulta verdaderamente asombroso que un director tan joven comprenda con semejante profundidad los mecanismos del duelo, la inseguridad, la culpa, el amor y la responsabilidad. Los niños están bien es una de esas películas que continúan creciendo dentro de nosotros mucho después de abandonar la sala. Un cine profundamente humano, delicado y valiente, que no pretende ofrecer respuestas fáciles porque sabe que la vida rara vez las tiene. Ambrosioni se consolida como una de las voces más prometedoras del cine europeo contemporáneo. Y nos deja una reflexión tan hermosa como dolorosa: a veces una familia no se construye desde la voluntad de permanecer juntos, sino desde la decisión de no abandonar a quienes más nos necesitan.

Valoración Latidos por el cine: 9 sobre 10 - Una reseña de Carlos Penela Sánchez

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