domingo, 18 de octubre de 2026

SITGES FILM FESTIVAL - RESEÑA DE "KAKERU", CUANDO EL AMOR SE NIEGA A ACEPTAR LA AUSENCIA

Introducción y sinopsis

Kakeru
es la nueva película del reconocido cineasta japonés Hirokazu Koreeda, y acaba de participar en la 59.ª edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges dentro de la sección Sección Oficial Fantàstic Competición.

Este es el regreso del director de Un asunto de familia (Palma de Oro en el Festival de Cannes y nominada a los Premios Oscar como Mejor película de habla no inglesa), De tal padre, tal hijo (Premio del Jurado en el Festival de Cannes y Premio del Público en el Festival de San Sebastián) y Monstruo (Premio a Mejor Guion en el Festival de Cannes).

Y lo hace con una historia sobre la familia, los vínculos afectivos, el duelo y la pérdida. Además, en esta ocasión Koreeda se adentra por primera vez en un territorio cercano a la ciencia ficción poniendo el foco a cómo la tecnología nos puede ayudar a superar la pérdida de un ser querido. Su estreno en cines llega de la mano de Vértigo Films.

Está protagonizada por Haruka Ayase, una de las grandes estrellas del cine japonés contemporáneo, Daigo y Rimu Kuwaki, quien interpreta al pequeño Kakeru. El reparto cuenta también con Nana Seino, Kanichiro, Hinata Hiiragi, Kimiko Yo y Min Tanaka.

Con su participación en Sitges, uno de los grandes festivales internacionales especializados en cine fantástico y de género, Kakeru amplía así su recorrido internacional que ya comenzó en la Sección Oficial del 79.º Festival de Cannes. Vértigo Films también distribuirá Look Back, la próxima película de Koreeda que ya ha podido verse en festivales.

Sinopsis: En un futuro cercano, una pareja marcada por la pérdida de su hijo acepta acoger en casa a un niño humanoide creado a su imagen con inteligencia artificial. Lo que empieza como un intento desesperado de aliviar el dolor se convierte en una nueva vida familiar, tan luminosa como inquietante. ¿Puede la tecnología devolvernos a quienes amamos?

Sobre la película

Hirokazu Koreeda
lleva buena parte de su extraordinaria trayectoria cinematográfica explorando las complejidades de las relaciones humanas, los vínculos familiares y las heridas emocionales que nos acompañan a lo largo de nuestra existencia.

Desde Nadie sabe hasta Un asunto de familia, pasando por De tal padre, tal hijo, Después de la tormenta o Monster, el cineasta japonés ha demostrado una sensibilidad excepcional para retratar personajes que buscan desesperadamente su lugar en el mundo. Con Kakeru, presentada en la competición oficial de Cannes y ahora en el Festival de Sitges, Koreeda se adentra en la ciencia ficción sin renunciar a su particular universo creativo, porque aunque esta vez los protagonistas convivan con humanoides dotados de inteligencia artificial, lo que verdaderamente le interesa sigue siendo aquello que nos hace profundamente humanos.

La película nos traslada a un futuro no demasiado lejano en el que la tecnología permite reproducir artificialmente a personas fallecidas, recuperando su apariencia física y determinados rasgos de su personalidad. Una pareja que ha perdido trágicamente a su hijo decide incorporar a su hogar un humanoide idéntico al pequeño, intentando reconstruir una felicidad que la muerte les arrebató. A partir de esta premisa, tan fascinante como perturbadora, Koreeda construye una historia que trasciende los límites de la ciencia ficción para adentrarse en territorios mucho más íntimos: el dolor de la pérdida, la culpa, la necesidad de afecto y nuestra incapacidad para aceptar que algunas ausencias son definitivas.

Uno de los aspectos más interesantes de Kakeru reside precisamente en su aproximación psicológica al duelo
. La negación constituye una reacción comprensible ante una pérdida traumática, una forma de protección emocional frente a una realidad que resulta insoportable. Pero ¿qué sucedería si la tecnología nos ofreciera la posibilidad de mantener indefinidamente esa negación? ¿Estaríamos superando nuestro sufrimiento o simplemente aplazándolo? Koreeda plantea estas cuestiones sin juzgar a sus personajes, mostrando cómo el amor, cuando se mezcla con la desesperación, puede conducirnos a decisiones profundamente contradictorias, ya que recuperar físicamente a alguien no significa recuperar su esencia, y aferrarse a una reproducción del pasado puede convertirse en una prisión emocional de la que resulta extraordinariamente difícil escapar.

Sin embargo, la película adquiere una dimensión todavía más fascinante cuando desplaza progresivamente nuestra mirada hacia los propios humanoides. Estos seres, concebidos inicialmente para satisfacer las necesidades afectivas de sus propietarios, comienzan a manifestar comportamientos y emociones que escapan a las expectativas depositadas sobre ellos. Su capacidad para establecer vínculos, desarrollar empatía y reconocerse como individuos diferentes abre un debate extraordinariamente sugerente sobre la identidad y la conciencia. ¿Qué ocurre cuando alguien descubre que su existencia está condicionada por el recuerdo de otra persona? ¿Cómo construir una personalidad propia cuando quienes te rodean únicamente desean que seas alguien que ya no existe?

Es precisamente en el encuentro entre estos seres artificiales donde Kakeru encuentra algunos de sus momentos más conmovedores. Al relacionarse con otros que comparten su misma condición, descubren una forma de reconocimiento que difícilmente encuentran entre los humanos. Son criaturas creadas para amar y ser amadas, pero condenadas a convivir con unas expectativas imposibles de satisfacer. Su diferencia termina convirtiéndose en una forma de exclusión, y esa necesidad de pertenencia conecta directamente con experiencias profundamente humanas: el rechazo, la soledad, la incomprensión y el deseo de ser aceptados sin tener que representar permanentemente el papel que otros han decidido para nosotros. Resulta especialmente dolorosa la paradoja de que aquellos que fueron creados para aliviar el sufrimiento ajeno puedan terminar desarrollando el suyo propio.

Fiel a su estilo, Koreeda aborda todos estos conflictos desde una puesta en escena delicada, pausada y profundamente observadora. Su cámara parece interesarse más por los silencios, las miradas y los pequeños gestos cotidianos que por las posibilidades espectaculares de la tecnología. La ciencia ficción funciona aquí como un instrumento para explorar emociones reconocibles, mientras que las interpretaciones de Haruka Ayase, Daigo Yamamoto y el joven Rimu Kuwaki contribuyen a dotar de credibilidad a una historia que podría haber caído fácilmente en el sentimentalismo. Especialmente interesante resulta la manera en que el director contrapone las necesidades emocionales de los adultos con la progresiva construcción de una identidad propia por parte del pequeño humanoide. Una confrontación entre lo que deseamos recuperar y aquello que debemos aprender a dejar marchar.

Kakeru es, en definitiva, una película que utiliza una premisa futurista para formular preguntas que llevan acompañando al ser humano desde siempre. ¿Hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar para recuperar a alguien que amamos? ¿Puede una inteligencia artificial desarrollar sentimientos auténticos? ¿Y tenemos derecho a exigirle que viva una existencia diseñada exclusivamente para satisfacer nuestras necesidades? Koreeda no pretende ofrecer respuestas definitivas, sino invitarnos a reflexionar sobre los límites del amor, la aceptación de la muerte y el significado de nuestra propia identidad. Una propuesta profundamente humanista que demuestra que, incluso cuando habla de máquinas, Koreeda continúa siendo uno de los grandes narradores de las emociones humanas.

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