La bola negra pertenece a ese tipo de películas que continúan creciendo dentro de nosotros cuando ya hemos abandonado la sala. Los Javis construyen una película de enorme potencia visual y emocional, una obra que no parece interesada únicamente en contar una historia, sino en dejar imágenes adheridas a la memoria. Escenas que permanecen como postales, como recuerdos a los que uno necesita regresar para intentar comprender todo aquello que esconden. Así, ya desde el principio de la película, y hasta el final, uno quisiera "darle al pause" para contemplar sin prisa un encuadre, una imagen poderosa, un retrato de una multitud, de una mirada, como si estuviéramos ante uno de los museos pictóricos más importantes del mundo.
Javier Calvo y Javier Ambrossi llevan años demostrando que detrás del exceso, del color y de cierta exuberancia formal existe una mirada especialmente sensible hacia quienes han vivido en los márgenes. Desde La llamada y Paquita Salas hasta Veneno o La Mesías, su cine y su televisión han ido desplazándose progresivamente hacia territorios más oscuros, complejos y dolorosos. La bola negra parece recoger buena parte de ese camino y llevarlo hacia un lugar todavía más íntimo: el de las identidades que alguna vez tuvieron que esconderse para poder sobrevivir.
Y ahí aparece Federico García Lorca, no solamente como referencia cultural o literaria, sino casi como un fantasma que atraviesa la película. El universo lorquiano siempre estuvo poblado por personajes enfrentados al deseo, la culpa, las convenciones sociales y aquello que uno siente frente a aquello que los demás esperan que seas. Los Javis parecen apropiarse de esa pulsión y trasladarla a su propio lenguaje: donde Lorca utilizaba la palabra, el símbolo y la poesía, ellos utilizan también el cuerpo, la música, el encuadre, el color y, sobre todo, la imagen.
La película se articula a través de tres historias separadas por el tiempo, pero emocionalmente conectadas. Tres vidas que dialogan entre ellas y que permiten observar cómo determinadas heridas pueden cambiar de forma sin desaparecer completamente. Cambian las épocas, cambian los códigos sociales y cambia nuestra manera de nombrar las cosas, pero permanece una pregunta incómoda: ¿Cuántas vidas han quedado sin vivir por miedo a ser quienes realmente somos?
Ese es probablemente uno de los elementos que más me han interesado de La bola negra. Más allá de la identidad sexual, Los Javis hablan de algo profundamente universal: la distancia que puede existir entre la persona que somos y aquella que construimos para que los demás nos acepten. Y, psicológicamente, esa distancia puede convertirse en un lugar terrible. Esconder el deseo no significa hacerlo desaparecer; significa condenarlo a vivir en algún rincón de nosotros mismos, esperando, golpeando, recordándonos constantemente aquello que pudo haber sido.
En La bola negra las imágenes no solamente ilustran la historia: también la recuerdan. La puesta en escena de Los Javis me parece exquisita, tremendamente planificada, pero sin perder por ello su capacidad emocional. Hay composiciones que podrían detenerse y contemplarse durante minutos. Imágenes bellísimas que, sin embargo, contienen algo inquietante. Como ocurre tantas veces en Lorca, belleza y dolor conviven dentro del mismo espacio. Precisamente por eso algunas secuencias permanecen después de la película: antes de comprenderlas completamente ya las hemos sentido.
También resulta fascinante la manera en que los cuerpos se convierten en parte fundamental de esa narración. Cuerpos deseados, observados, escondidos, castigados o liberados. El cuerpo como territorio donde termina manifestándose aquello que durante demasiado tiempo hemos intentado silenciar. Los Javis nunca han tenido miedo de mirar directamente a sus personajes, pero aquí esa mirada adquiere una dimensión especialmente íntima: no los juzga por sus contradicciones, sino que parecen intentar comprender de dónde proceden.
Por eso La bola negra puede resultar exuberante y, al mismo tiempo, profundamente triste. Debajo de su extraordinaria construcción visual late una historia sobre la memoria, el deseo y las oportunidades perdidas, sobre las palabras que no se dijeron, los cuerpos que no pudieron tocarse y las personas que tuvieron que aprender a vivir interpretando un personaje ante los demás. Quizá ahí se encuentre su vínculo más hermoso con Lorca, en convertir aquello que duele en belleza sin conseguir que deje de doler.
Cuando termina La bola negra, algunas de sus imágenes siguen regresando, quizás esa sea una de las mejores cosas que puede conseguir una película: no ofrecernos todas las respuestas, sino dejarnos preguntas que continúen acompañándonos. Detrás de esas tres historias no solamente están sus protagonistas, están también todas aquellas vidas que tampoco pudieron terminar de escribirse: vidas inacabadas, deseos enterrados y personas que alguna vez tuvieron que preguntarse cuánto de sí mismas estaban dispuestas a sacrificar simplemente para poder encajar.



No hay comentarios:
Publicar un comentario